La idea de globalización bien puede explicarse a partir de la frase acuñada por Marshall Mac Luhan de que el mundo es una aldea global con las fronteras borrosas. A fines de los años 60, el sociólogo canadiense la desarrolló para explicar el auge de los medios masivos de comunicación y su incipiente preponderancia en la cotidianeidad de las personas. Con el paso de los años dicho concepto traspasó el campo de los estudios comunicacionales y comenzó a utilizarse para ejemplificar la sociedad moderna altamente tecnificada alrededor del desarrollo capitalista de las principales economías mundiales. Así, el concepto de globalización empezó a usarse naturalmente para caracterizar a la sociedad de fines del siglo XX y, por ende, a las relaciones sociales emanadas de él.

Una aldea global con las fronteras borrosas es el sueño cosmopolita del capitalismo híper desarrollado de estas últimas décadas. Es la excusa perfecta para borrar de un plumazo la historia de las personas en pos del beneficio y la acumulación trasnacional. Y argumentos sobran para darle fuerza a esta idea, pero sólo alcanza el dato que afirma que las ¾ de las relaciones económicas mundiales se dan entre EEUU, Japón y Europa occidental. De esta manera, la idea de globalización como integración no es más que un artilugio que persigue el fin de poner en tensión la idea de comunidad, ya que inevitablemente globalización y comunidad son polos que por propia esencia hacen del antagonismo su única vinculación.

Para indagar en esta idea, es interesante el proceso del Brexit inglés, sobre todo por el trasfondo variopinto que se desprende de él. No sólo hay una puja entre “lo próximo” como identidad y “lo global” como marca, sino que también salen a la luz disputas más profundas como lo es el nacionalismo como ideología.

Básicamente el Brexit puede definirse como el proceso político/económico que busca el abandono del Reino Unido de su condición de miembro activo de la Unión Europea (UE). No está de más resaltar que no es una posición nueva, sino que diferentes partidos políticos y grupos civiles, sobre todo aquellos de ascendencia conservadora, lo vienen impulsando desde la década del 70. Sin embargo, no es hasta junio de 2016, y a partir de un referéndum, que se decide socialmente la salida de la UE. En dicho referéndum el 52% de los votos fueron favorables a la salida del Reino Unido. Y por más que aún no se oficializó la salida, es evidente que el proceso de Brexit revivió viejas rencillas que parecían olvidadas, o, mejor dicho, latentes, pero en tensión controlada sea ya por la fuerza represiva o por el propio desgaste de décadas convulsionadas (y pesadas) para el inconsciente colectivo. En esta sintonía, es interesante reflejar que en Escocia, Irlanda del Norte y Gibraltar predominó el voto por permanecer, mientras que en Inglaterra y Gales la intención mayoritaria fue el voto por salir de la UE. Estos resultados no son fortuitos, por el contrario, tienen relación directa con la historia política de cada una de esas regiones y en cómo fueron anexadas a esa idea supranacional que intenta establecer la idea del Reino Unido.

El proceso de Brexit lo que hace es desnudar los fundamentos pretendidamente sólidos sobre los que se asienta la idea de Unión Europea como un todo homogéneo, producto del devenir histórico de un supuesto “sentir europeo”. Y pese a que se apele a una pretendida cultura compartida, consecuencia de una tradición como “éxito moral histórico”, la UE hasta el momento no es más que una unión donde predominan los lazos económicos como principal ligazón. Y esa ligazón sobre fundamentos capitalistas, donde unos ganan y otros pierden, no hace más que poner en tensión cuestiones más subterráneas, pero no por ello menos importantes, donde el nacionalismo como ideología ha sabido bucear para propio provecho.

En la lógica capitalista  del beneficio y la acumulación es inevitable la diferenciación social producto de la disputa trabajo/capital ya que no es la misma situación dependiendo de la región. Por ejemplo, el desempleo es más notorio en Grecia (18%) que en Alemania (3%). O en España (14%) que en República Checa (1,9%). El poder adquisitivo también varía ya que en Luxemburgo el salario promedio es de 2 mil euros, mientras que en Bulgaria es de 290 euros. En 1980 la diferencia entre los más ricos y los más pobres era de 2,5 veces. En la actualidad es de 4. Esta y otras realidades lo que genera es un creciente descontento contra esa idea supranacional que intenta ser la UE ya que esa homogeneización cultural que se levanta como bandera no se condice con la realidad económica de las diferentes regiones que la componen.

Y ese descontento generalmente se traduce en reacciones adversas ante lo desconocido o lo diferente. No es algo inmediato, sino producto de un proceso silencioso, lento, pero que cuando empieza a caminar es difícil de desactivar. Generalmente se argumentan desde cuestiones de índole económica, pero muchas veces también desde posiciones emocionales e irracionales, caldo de cultivo de actitudes xenófobas y raciales. De ese cóctel los nacionalismos hacen mella, y de temas sueltos e inconexos forman sus rompecabezas ideológicos donde sustentan su discurso y práctica.

En la actualidad hay un revivir de lo que se llama “populismo nacionalista” el cual no sería más que un posicionamiento edulcorado del nacionalismo a secas. En Europa se conforma, a grandes rasgos, a partir de 3 ideas/fuerza: propuestas aislacionistas frente a la crisis migratoria desatada por la primavera árabe; un escepticismo ante la creciente burocratización y tecnificación de la UE; definición de la propia nación en oposición al “otro”, por ejemplo, el islam. En América, el proceso es parecido, pero en vez de primavera árabe o islam tranquilamente puede decir Venezuela y mexicanos y tendríamos similitudes incontrastables.

Con diferentes matices o grados de relevancia, el nacionalismo como ideología, desde su aspecto discursivo, se presenta en cualquier parte del globo donde la disputa política exacerbe aspectos más irracionales. Trump es el caso por excelencia, pero Argentina no se queda atrás. Sino pensemos cómo se ha utilizado (y aun se hace como catalizador de votos) el “cuco venezolano”. Lo que sí es sorprendente es ver como el ejemplo de Venezuela (ese monstruo sociopolítico que encarna todo lo que no hay que hacer ni ser, para los gurúes de la política) sirve como argumento a ambas orillas de la grieta. Lo asomoso es constatar que dicho argumento tiene implicancias directas en un sector importante como determinante al momento de posicionarse políticamente.

Pero volviendo a Trump, es innegable que a fuerza de presencia mediática, su discurso banal y simplista adquiere relevancia social, definiendo no sólo posiciones sino también políticas económicas y sociales. La sociedad post 1109 es el colchón ideológico donde el discurso xenófobo descansa y Trump, pese a la tosquedad de sus gestos, ha sabido explotar con frases vintage pero evidentemente efectivas: “ya traeré de regreso el sueño americano; más grande, mejor y más fuerte que nunca. Volveremos a hacer de EEUU una nación poderosa”; “los inmigrantes mexicanos son violadores y asumo que algunos son buenas personas”; “si gano las elecciones, devolveré a los refugiados sirios a casa”; “este es un país en el que hablamos inglés, no español”.

El norteamericano medio votó a este personaje por varias cuestiones, pero básicamente prima en su elección una “culpa nacionalista” que de alguna manera intenta cargar de moralidad el desprecio por lo ajeno, lo diferente. Extrañeza que se ve como tensión sin importar si su pretendido fundamento es religioso, étnico o geográfico. Es ese punto donde  se sustenta  el nacionalismo como ideología. Y desde ese lugar es posible comprender que figuras como Trump, Bolsonaro, Maduro o Johnson tengan la relevancia que la política les brinda.