Durante un breve momento, hace 23 años, el sistema político argentino tambaleó frente a una crisis económica y social sin precedentes, marcada por el corralito, la pobreza extrema y el estallido social de un descontento popular que inundó las calles.
La consigna que parecía disruptiva en aquel momento, "¡Que se vayan todos!", hoy no es más que otra consigna de campaña de quienes detentan el poder. Las políticas que llevaron a la debacle del 2001 son similares a las que se implementan hoy. Los políticos a cargo, también.
El actual gobierno pudo, en tan solo unos meses, desarmar a varios de los movimientos opositores que hace poco más de un año todavía llenaban las calles. Lo hizo exponiendo sus prácticas internas y amenazando con la represión o la quita de planes para quienes participen en protestas. Pero lo que termina con estos movimientos es su conversión al ciudadanismo bienpensante, aquel que se horroriza ante el vuelo de una piedra o la danza de las llamas sobre el pavimento. Los métodos de lucha, los métodos de la clase obrera, parecen haberse reducido a ácidos comentarios en redes sociales, plebiscitos y bailes performáticos. Mientras tanto, las corporaciones sindicales negocian para proteger sus intereses y los políticos dirimen sus internas buscando posicionarse de cara a futuras elecciones. La destrucción actual de la vida sigue su marcha.
Lo que cambió desde el 2001 para acá no es cómo se ejerce el poder; los métodos represivos están más aceitados gracias a una mayor vigilancia y tecnología, pero lo que es diferente ahora somos nosotros. Ese amplio nosotros que podíamos encontrarnos en los barrios, las calles, las fábricas, en los rincones de la cultura. Existía una realidad compartida, no atomizada, donde los problemas de los demás eran los nuestros.
Recordamos esto no desde la nostalgia. La memoria no es la nostalgia. La memoria no puede ser el recuerdo romántico del pasado. La memoria es acción. Es el arma que tenemos para recuperar el presente. Si alguna vez esa bestia amorfa que llamamos pueblo se levantó para decir NO a este sistema de miserias, entonces sabemos que puede volver a hacerlo. También sabemos que esto no pasa de la noche a la mañana. Existen todavía muestras de dignidad, personas y grupos que se cargan responsabilidades al hombro y siguen adelante a pesar de todo. Cada vez son menos. Hace falta organización, hace falta solidaridad. Sin dirigentes ni dirigidos.
Hoy, tanto el oficialismo como la oposición nos piden aguantar. Nos prometen un futuro mientras nos están robando el presente. La vida se hace más cara, los sueldos no alcanzan, y los gases y las balas están a la orden del día.
¿Cuánto presente les queda a esos jubilados que sobreviven con lo mínimo? ¿Cuánto presente pueden tener quienes no consiguen su medicación porque el Capital y el Estado decidieron ponerle precio a su vida? ¿Qué presente puede esperarles a los hijos de los nuevos desocupados?
No esperamos soluciones ni de políticos ni de patrones. No creemos en salvadores o iluminados. Creemos en nuestra fuerza colectiva, creemos en las redes que podemos armar cuando nos vemos como iguales. La posibilidad de cambiar este sistema de muerte siempre está disponible. Hay que lograr estirar nuestros brazos y poder arrebatarles el control de nuestras vidas.
La memoria del 2001 no puede quedarse en cenizas. Habría que comenzar a darle un poco de oxígeno a las llamas.
Contra el Estado y el Capital. Solidaridad y acción directa.