La frase “no odiamos lo suficiente a los periodistas” (NOLSP) dicha por el presidente argentino, en una copia de su referente Trump, puede que tenga algo. El problema, como en muchos otros casos, es la generalización. El mundo de los “medios” es inmenso y parece infinito si sumamos las redes sociales. Así que, igual que Trump, Milei y los periodistas, vamos a generalizar, porque nos interesa hablar de ciertas prácticas que vemos desde hace décadas. Esperamos que las excepciones nos entiendan y simplemente no se pongan el sayo.
La dinámica es nefasta. Primero se dice casi a los gritos que “este gobierno” va contra la gente, que los jubilados, los enfermos, que Videla o Martínez de Hoz, y de manera directa o no, llaman a las manifestaciones. Esperan con ansias multitudes y cubrir la “feroz represión” para confirmar el sesgo de su audiencia. Más tarde buscarán testimonios para demostrar que los detenidos son “inocentes”, dando comienzo a la peor parte.
El llamado cuarto poder, cree que tiene el derecho de definir los términos, y básicamente establece que la protesta debe ser una manifestación multicolor que aguante los embates como mansas bestias. Por dinero (cuidar la fuente de trabajo cuando implica mandar gente en cana es tan miserable como el accionar de un policía o gendarme, que podría decir lo mismo), interés político o exceso de socialdemocracia en sangre, hacen todos los esfuerzos posibles para establecer que cualquier persona que tenga una actitud violenta no es parte de los manifestantes. Zoom a más no poder y voces que repiten como loros casi lo mismo que los loros oficialistas.
Piden detenciones, cárcel, castigo. Piden que el “gobierno represor” sea efectivo. Si no se demuestra la efectividad al instante, sacan a la cancha la perorata del “infiltrado”. Hacen interpretaciones de vestimenta, señas y palabras. Los que todavía no tienen una porción en el cuarto poder juegan a ser alternativos o independientes y, al no tener la repercusión de sus colegas “grandes”, no definen los términos, pero terminan pareciendo sommeliers de revueltas “genuinas”. Eso sí, seguramente ellos serán los que cubrirán las comisarías o lugares de detención en ese doble juego nefasto.
Parece saludable ver que ciertos sectores del periodismo al menos intentan dar debate en cuanto a la importancia de su papel. Nosotros no somos periodistas (tampoco gritamos “prensa” cuando vienen los palazos, como si eso fuera un código que bien podría ser usado por “infiltrados”), ellos sacarán sus conclusiones. Tampoco tenemos nada que aportar en eso de derechos, obligaciones y deberes constitucionales, o términos como inocentes o culpables. Para eso están los políticos, los jueces y la policía. De todas formas, tenemos algunas cosas para decir, aunque resulte repetitivo para quienes nos leen habitualmente.
Una de las funciones de la represión es expandir el miedo. Otra es el desgaste de los que luchan, ya sea estando detenidos, procesados o afuera apoyando al que lo está. En estos días, comienza el juicio a los procesados por las manifestaciones de la “ley bases” de febrero de 2024. Probablemente no tengan condenas que impliquen cárcel, aunque el riesgo siempre está, pero nadie les devuelve esos dos años pensando que en cualquier momento serán llamados a tribunales. El “anarquista de las molotov” continúa detenido en condiciones de aislamiento para satisfacción de varios periodistas, quizás para sorpresa de los que repetían lo de los “infiltrados”. Facundo Huala sigue detenido por lo menos 3 meses más mientras los fiscales buscan algo de qué acusarlo. Seguramente ninguno de los dos tendría el trato que tienen si no fuera por la presión mediática de varios “palos” del periodismo.
Los explotados, los excluidos, siempre estamos en condiciones de usar la violencia como herramienta. El Estado garantiza el capitalismo por la fuerza, y las conquistas o las pequeñas victorias que logramos como clase, son fruto de enfrentarla. Nuestro ideal espera que esa violencia ejercida por los de abajo sea la mínima necesaria, pero estamos muy lejos de discutir excesos cuando el escándalo mediático son un par de cosas rotas o quemadas.
Del mismo modo que cualquier laburante que protesta ve que la policía es un riesgo, no debería sorprendernos que vuelva a ver a los medios periodísticos como parte del problema al escucharlos pedir castigo y aportar pruebas (de manera intencional o no).
Por lo tanto, si alguna vez vuelve esa sana costumbre de atacar móviles de TV, sería deseable que el periodismo no traiga otra teoría conspirativa y asuma las consecuencias del papel que desempeña.