Samuel murió en una garita ubicada sobre la ruta 38, minutos después de bajar del colectivo para volver a su casa después de terminar con su jornada laboral en un hotel de Villa Carlos Paz. “A ese chico lo mataron como si fuera un perro. Vi cuando empezó el control, cuando lo llevaron para el móvil. Lo insultaron, lo agredieron. En un forcejeo le pegan una piña, lo tiraron contra el móvil, el chico se cayó y le pegaron patadas”. “Estuvieron sentados arriba de él 15 o 20 minutos. Dos personas de 80 kilos arriba de un chico flaquito. Le dijeron ‘pu… de mierda’, ‘gil de mierda’, ‘otario’. Le dieron como a una bolsa de boxeo”. La situación se volvió desesperante cuando llegaron otros móviles policiales. “Los brazos se le caían. Ahí empiezan a hacerle RCP. Es mentira que ese chico se murió en el Funes. Se murió acá. Lo dejaron morir en la calle. Cuando se dieron cuenta que se la mandaron, se agarraban la cabeza”, relató Guillermo, en la entrevista con el medio local. Samuel había regresado a Córdoba desde Rosario hacía apenas dos meses para acompañar a su familia, especialmente por el delicado estado de salud de su papá. “Era un sostén para todos nosotros” decribieron sus familiares.
Como solía ocurrir al caer la noche, Agustín F. se sentó junto a sus dos empleadores en una casilla para tomar mate. El trasfondo del conflicto surgió por un ganado que uno de los acusados había entregado a Agustín como parte de pago por horas extras, pero que luego negó ante su hermano, asegurando que el chico lo había robado. “Se roban entre ellos y lo culparon a él”, señaló la abogada Sandoval. Sin mediar provocación ni discusión previa, ambos empleadores comenzaron a agredirlo físicamente con golpes y patadas en distintas partes del cuerpo. Le ataron las manos y los pies con precintos plásticos, mientras el otro le mordió violentamente la oreja derecha, arrancándole parte del tejido y provocándole una mutilación parcial y un fuerte sangrado, además del dolor extremo. Continuaron golpeándolo con un fierro macizo, una herramienta que usaban en el campo para atar animales. Durante todo ese tiempo, los dos jefes de Agustín lo golpearon, lo mordieron, le apuntaron con un arma y lo amenazaron con hacerlo desaparecer en un tanque de cal viva. Finalmente, tras la brutal paliza, lo subieron a su vehículo y pusieron toallas en el asiento trasero para evitar que la sangre manchara el tapizado.