Soy anarquista. Como anarquista soy enemiga de este Estado como de cualquier otro Estado, desde el momento en que este, en su esencia, presupone el ejercicio del poder militar y económico de algunos hombres y mujeres sobre otras personas y sobre el planeta en general. Soy enemiga de toda forma de gobierno de la que este se dota, desde el momento en que la elección entre democracia y dictadura es solo aquella más funcional para mantener el control sobre la población o, para ser más precisos, sobre la clase oprimida. Odio el actual orden existente y a quienes lo sostienen, por lo tanto creo en la justeza de la violencia de los oprimidos contra sus propias cadenas y contra quienes las aprietan.
Sentarme en el banquillo de los acusados para responder por daños contra unos autos de Poste Italiane, empresa responsable de las repatriaciones forzadas de cientos de migrantes que escaparon de las guerras de las que Italia es coprotagonista, no me provoca ni turbación ni vergüenza.
Lo que en cambio, por decirlo con un eufemismo, me deja indignada es la construcción que han hecho sobre el anarquismo. Un castillo de mentiras orientado únicamente a aumentar años de cárcel para compañeros y compañeras, orientado solo a justificar la aplicación de regímenes especiales a los que de otro modo no podrían recurrir. Por lo tanto la acusación pública ha creado un mundo, un mundo anárquico hecho de jefes, donde artículos de diario se convierten en “órdenes”, donde hay quien imparte mandatos y quien los recibe, donde hay quien instiga y quien es instigado.
Lo más sorprendente es que aquello de lo que acusan al anarquismo, en realidad, es su propio mundo. Delante de cada cuartel de carabineros se exhibe la frase “obedecer callando y callando morir”, un lema que deja un amplio margen de justificación individual para esos sirvientes que perpetran cotidianamente la violencia estatal. Un lema estudiado ad hoc, o bien para aligerarse la conciencia frente a las barbaridades cotidianas o, quizá, más probablemente, para despegarse de algún proceso iniciado solo cuando el accionar de los llamados tutores del orden público es demasiado escandaloso como para ser silenciado.
La responsabilidad individual es, en cambio, un fundamento del anarquismo. Yo no recibo órdenes ni las doy: ni de nadie ni a nadie. Actúo respondiendo solo a mi conciencia, que no tiene parámetros de interés ni de ventajas y que permanece como la única voz que yo puedo escuchar.
Ver a un anarquista, coimputado en este mi proceso, en 41 bis no es un elemento disuasorio para mi convicción en mis ideas; al contrario, es un refuerzo. Me convence cada vez más de su hipocresía, me convence cada vez más de que, más allá de la injusticia del 41 bis en su caso específico, el 41 bis en general es tortura. Porque no se puede mantener por un tiempo indefinido a seres humanos sin contactos físicos ni sin ver el cielo. Me convence de que hay una enorme diferencia entre la violencia de los oprimidos y la de los opresores: la primera sigue una ética, la segunda ninguna.
Siempre por la anarquía.
Cerrar el 41 bis.
Sara Ardizzone
Sara Ardizzone murió trágicamente en acción en marzo de 2026 en Roma junto a Alessandro Mercogliano. Sandro y Sara fueron anarquistas coherentes hasta el final y así los recordaremos siempre.
Esta declaración fue pronunciada por Sara el 15 de enero de 2025 en Perugia durante la audiencia preliminar del llamado procedimiento “Sibilla”, realizada tras una primera postergación desde el 10 de octubre anterior. Doce anarquistas, entre ellos Alfredo Cospito, recluido bajo el régimen de 41 bis desde 2022, estaban imputados por 19 cargos (excluido el delito asociativo presente en la fase de investigación hasta 2021), casi todos con la circunstancia agravante de finalidad terrorista.
La audiencia preliminar terminó con una sentencia de sobreseimiento para todos los investigados respecto de todas las imputaciones, incluida la principal de “instigación a delinquir con la circunstancia agravante de la finalidad de terrorismo” y “apología de delitos de terrorismo”.
La relevancia del caso represivo residía en que fue una operación enteramente centrada en una publicación (el periódico anarquista “Vetriolo”) y en haber servido como sustento clave para el traslado de Alfredo Cospito al 41 bis.
[Extraído de Biblioteca Anarchica “G. Ciavolino”]