Por suerte, ya pasaron las elecciones. Desde mediados de año, el armado de las listas para las elecciones de medio término ocupó un lugar en los medios de comunicación y en la parte politizada de la población.
Lo central fueron la llamada “rosca”, el papel de los “armadores”, y la “interna” que se dieron en las principales coaliciones. Como una especie de Santísima Trinidad de la política, los tres términos son una sola cosa. Las iglesias y los curas cada día son más parecidos, cuando no son los mismos o prestaron funciones en varios lados. Pero se supone que solo el votante basa su elección en la fe. Elige entre algunos personajes cada dos años y no mucho más. ¿Qué pasa con la militancia o, siguiendo con la chicana, con los misioneros?
Asumimos, aunque sea generalizar, que quien dedica parte de su vida cotidiana a la militancia política lo hace por convicción. Que, más allá de algún matiz, está de acuerdo con el cuerpo de ideas o los postulados del movimiento/partido al que pertenece. Dependiendo de la personalidad del militante, el romanticismo o la ingenuidad se van dejando de lado a medida que pasa el tiempo. Incluso puede llegar a ver como algo positivo cuando sus dirigentes o referentes cambian discursos y alianzas, empezando a usar “pragmatismo” como una manera de justificar los cambios de rumbo que en otras circunstancias serían llamados traición.
La participación política poco a poco termina siendo una actividad que se define desde un ámbito superior en el cual parecen delegarse las decisiones. Un sistema vertical, pero envuelto en un discurso que incluye las palabras “participación”, “representación” y alguna forma de nombrar la lealtad bajo la amenaza de dejar de pertenecer o pasar a ser el enemigo si no se acata la bajada de línea, como en una especie de obediencia debida militante.
La cosa se complica más cuando vienen las elecciones. A la actividad militante de siempre se le suman las actividades “de campaña” y todo el tema de las alianzas o frentes. Hoy las primeras “fuerzas” son alianzas. La charla organizada en el local sobre, por ejemplo, el futuro del país, o problemas que lleven largas discusiones, puede fortalecer un sentido de pertenencia o identitario y no mucho más. Las decisiones, o posibles conclusiones sobre el tema en cuestión, van a quedar lejísimos de esa instancia y de instancias parecidas que se den los militantes de otra fuerza. En una mesa chica se va a discutir una lista de candidatos y, con muchísima suerte, se le dará forma a algún discurso que intente generar ese sentido de pertenencia primero hacia “adentro” del frente, y después hacia “la gente”.
El militante pasa a ser, en algunos casos, algo más parecido a un “fan”. Mientras dura el fanatismo, banca todo, repite discursos y consignas del “ídolo” de turno y odia a quien tenga que odiar: otros partidos, medios de comunicación, gente. El problema es que, como buen fan, también deposita algunas expectativas y se decepciona si no se cumplen. Por eso, los “armadores” comparten su trabajo con “asesores” que tratan de mantener y, en lo posible, agrandar ese club de fans, ya no pensando solamente en votos, sino en mantener al militante adentro, incluso dándole las razones por las cuales se tiene que tragar el sapo. Santiago Caputo arrancó así con Milei, mientras que su socio Guillermo Garat “asesoraba” a Eduardo “Wado” de Pedro.
Se escribió mucho sobre el uso de las redes sociales en la política, y a medida que crecen las audiencias, ciertos canales empiezan a tener peso y con un poco de suerte y alguna encuesta, a poner candidatos en las listas. Incluso pueden sumar términos o temas al discurso. Al mismo tiempo que esto puede dar algunas ventajas al militante a la hora de hablar con la gente, también le “baja el precio” a su militancia. Cada vez más gente cree que porque consume ciertos medios, aprende determinadas palabras o formas, ya es “parte del movimiento”. Lo cree y lo siente porque así es transmitido. Participa del “debate” desde el chat o en los comentarios, que es casi lo mismo que hace el militante, aunque este tenga que trasladarse a lugares específicos (poniéndose en riesgo en algunas ocasiones). Los dos tienen el mismo “peso”, porque el voto vale lo mismo. Las PASO vinieron a confirmarlo al dejar de lado las elecciones “internas” de los partidos.
Parece ser que la militancia está cambiando y adaptándose a los tiempos que corren.
Algún sociólogo usó el término “emprendimientos” para referirse a las coaliciones electorales. Sin entrar en detalles, podríamos decir que al menos una parte de la militancia poco a poco se fue transformando en eso, o a parecerse. No es difícil escuchar a “militantes” hablar de la falta de plata como un problema a solucionar (si es desde arriba, mejor). Pero plata para resolver el día a día de la militancia, no hablamos de un fondo de huelga o esas necesidades. Como si ese tiempo dedicado a la política debiera generar ganancias o al menos no necesitar del dinero propio. Dependiendo de la pertenencia, las posibilidades son algún puesto en el Estado, algún “plan”, o obtener ganancias de la divulgación o propaganda de “la idea”. En casi todos los casos, el merchandising identitario siempre es una opción. Algo entendible pensando en que se aporta tiempo y esfuerzo, pero no se tiene en cuenta la opinión, por lo menos como reconocimiento. Aún más si se piensa en los malabares que se tienen que hacer para apoyar a un candidato que fue decidido en una mesa chica y enterarse por las noticias.
“Acostumbrar al pueblo a delegar en otros la conquista y la defensa de sus derechos, es el modo más seguro de dejar vía libre al arbitrio de los gobernantes”.
Esto que Malatesta decía sobre la delegación es aplicable también a la militancia. A menos que uno se considere “un soldado” o algún sinónimo más amable, depositar en otros las decisiones solo llevará a la decepción.