Un año y pico de pandemia. La gran catástrofe que le toca vivir a esta generación, al menos en esta región, porque no podemos dejar de ver que en otros lugares del planeta, cuando a todos les va más o menos bien (y con eso nos referimos a que no haya más estragos que los causados por el capitalismo…la normalidad digamos), hay pueblos que transitan su normalidad a través de guerras santas, separatistas, de pugnas políticas, hambrunas, plagas, migraciones forzosas…y estragos del capitalismo, como bloqueos o sanciones por parte de los países centrales, los buenos, como quien dice. También hay otros que soportaron varios de los padecimientos de la lista al mismo tiempo, o uno después del otro, sobre todo a causa de. Sin ir más lejos, somos testigos del conflicto entre israelíes y palestinos (y van…), pero algo parece distinto.

¿Recordamos cuando mirábamos estupefactos que el bicho había llegado a la Argentina a pesar de Ginés? ¿Y los primeros diez muertos? ¿Qué sensaciones nos generaba saber que nos podía tocar en cualquier momento? ¿Y pensar que se lo podíamos pasar a nuestros viejos?

En el número pasado dábamos cuenta de una cantidad horrible de muertos, que rondaba en promedio los 120, para llegar hasta transitar un promedio de cerca de los 500 (decimos promedio porque hubo picos de 700, registrando el récord de 745), pero algo es distinto. 

Si bien no somos especialistas en sociología ni nada que se le parezca, no dejamos de ver y buscar elementos que nos ayuden entender nuestras propias acciones sin el simplismo de ver al que no nos gusta como enemigo(para eso ya hay rugbiers, runners, surfers…).

Por un lado, la necesidad hace que quien no tiene opción salga a laburar para ganarse el mango, embutiéndose en un tren o bondi para llegar a fin de mes o menos, puesto que la dicotomía salud o economía que el gobierno planteaba, tenía resuelta por el lado de la salud, resultó que no tanto. Y si con el IFE no alcanzaba para quedarse adentro, sin él, mucho menos. Salimos.

Por otro lado, quienes se oponen a las medidas sanitarias, cómodos desde un estudio de televisión, frente a una compu, en un partido político o algunas veces, simplemente desde un laburo fijo que permita la virtualidad, fueron erosionando cualquier idea presentada con argumentos variados que iban desde algo lógico como el económico y el mermado poder adquisitivo de los trabajadores, a minimizar los estragos propios de la enfermedad rebuznando frases como que es una simple gripe o que con tomar dióxido de cloro (un desinfectante) alcanzaba para estar a salvo. Aunque sabíamos que la miseria política no tiene comparación, no deja de sorprender el nivel de bajeza al que se puede apelar por un puesto, un cargo, un poco más…y en este año electoral lo estamos padeciendo de punta a punta. Podemos fácilmente notar como se utilizan los muertos para ello, con frases como fracasó la política sanitaria o nosotros lo hubiésemos hecho mejor, siempre dando cátedra desde la comodidad. Con el mismo cinismo se responde con que fue el mejor manejo de la pandemia del planeta. Política.

Si bien no creemos que la mayor parte de la población compre esos discursos, todo este ataque a los sentidos sirve al menos para sembrar dudas en quien de buena fe confía en que el buen doctor lo cuida…pero busca otra opinión. Y salimos.

Otro factor que podemos sumar es el tiempo: la sensación de peligro se diluye cuando se convive con él durante un largo período, como se observa en los lugares atravesados por conflictos bélicos, y en este caso, sobrepasamos el año. Pareciera que después de un lapso considerable de tiempo, una especie de fusible salta en nuestra cabeza y perdemos esa sensación que nos mantenía alertas como al principio de la pandemia, y se corre a un segundo plano. Como un mecanismo de defensa psicológica nos desacoplamos un poco de la realidad para sobrevivir y atender las otras cuestiones que también son muy reales y urgentes, y que nos aquejan como comer, pagar el alquiler e incluso retomar algo mínimo de normalidad solo para no desesperar. Y sí, salimos más.  Y eso que decíamos veíamos distinto que al comienzo, es que normalizamos el convivir con una cantidad de muertes (que ya superan los cien mil) y enfermos, y el peligro, y las balas que pican cerca. Normalizamos la tragedia (porque en crisis tenemos un master) en esta región en la que no es habitual. O no tanto, porque ya tenemos y desde hace rato asumido que hay gente que queda afuera; afuera de todo.

En esta realidad, casi de ciencia ficción, parece que siempre hay quien se beneficia, y para eso la política está a la vanguardia. Sin importar “el lado” de la grieta (si es que los hubiere) de donde venga, las consignas que se disparan están, desde que comenzó el año dirigidas solo a la campaña y a posicionarse cada uno, dentro de sus espacios y por encima de los demás, abandonando esa calma proselitista vivida el año pasado. 

Espacios que ya no responden a una lógica tradicional de estructura de partido, sino a frentes electorales que se conforman con el fin de ganar elecciones o al menos que no gane el otro. Desde La Alianza de fines de los noventa (Unión Cívica Radical y FREPASO) conformada para destronar al finado Carlos Menen, pasando por el Frente para la victoria, hasta llegar a la actualidad con el Frente de todos (coalición que intenta ¿gobernar?) y Juntos por el cambio (coalición que intenta…no sabemos bien qué) todos formados para ganarle al anterior; esta frentización (que palabrita inventamos acá eh) de la política lo único que trajo es más mugre al basurero. Se diluyeron aún más las posiciones ideológicas (si las había) y la gobernabilidad se puso sobre la mesa de discusión de todos los que conforman determinado frente, consiguiendo al final, ruido. Y no sólo eso, sino que las internas, ya sean de candidaturas o de posiciones políticas, se dirimen en público, como sondeando continuamente qué posición cae mejor en la población. Más ruido.

Y así estamos, viendo como Patricia (Bullrich), que quiere ser presidenta, y se pasea por todos los medios amigos, le complica la interna a Horacio (Larreta) que la prefiere a María Eugenia (Vidal), aunque ella no quiere ir a provincia porque sabe que pierde, pero la prefieren los intendentes del espacio antes que a Diego (Santilli). Entonces, para embarullar más todo, aparece Facundo (Manes) desde el radicalismo en la provincia de Buenos Aires, para disputarle una porción más grande del pastel al empoderado PRO. En una suerte de búsqueda frenética de candidatos/as en todos los distritos, destacan el valor de no haber sido parte de la gestión de Mauricio Macri (muy compañeros todos) y venir desde afuera de la política, cosa que otros tantos, dentro del mismo espacio, no ven como una virtud. 

Desde la otra vereda (la que más importa porque son los que están al frente del gobierno y cada pifie nos da una paliza), se marcan la cancha sacando comunicados a través del senado (¿Cristina? ¡No sea mal pensado!) en contra de medidas tomadas o de la negociación de la deuda, patalean por el manejo de la guita (que ya no tendrían) que va a las tarjetas Alimentar, piden renuncias de funcionarios que no se van porque se los banca (como el caso del subsecretario de energía Federico Basualdo. Cris… ¿vos otra vez?) por encima del ministro de economía que responde a Alberto, que cada vez parece más solo, fracasando ese intento de crear el ‘albertismo’ e imponiéndose el ala dura de la coalición…o sea el kirchnerismo. Cosas que podemos entender, se deberían resolver puertas adentro, pero se prefiere la disputa a la luz de los medios y la mirada desconcertada del público, que no ve resuelto sus problemas. Y se junta bronca…¡ah, pero Macri!

Por suerte para la democracia, el Frente gobernante, decidió su interna a dedo y pedido de los tres bloques grandes que lo conforman, imponiéndose el ‘albertismo’ (si es que existe) en los primeros puestos de las listas con candidatos que no provienen del peronismo. ¿Será para pelear en la avenida del medio o para ir a buscar alguno de los votos del núcleo que nunca vota peronistas? Lo importante es que se evidencia que si las elecciones solo sirven para que la política se reacomode y no pierda privilegios (y el capital junto con ella), las PASO solo sirven para gastar una millonada de guita en una encuesta más o menos decente.

En este contexto, de angustia debido al virus y a la situación económica, la clase política opta por atender asuntos que nada tienen que ver con solucionar los problemas de cualquier hijo de vecino. Se pelean por el procurador, la reforma judicial, las elecciones, o los pitos de madera, a la vez que no atienden o no pueden dar solución a la inflación, la recuperación de los salarios, o la creación de empleos. A pesar de que todos los días nos bombardean con números de muertos, contagios y colapsos sanitarios, supusieron discutible realizar algún torneo de futbol más (porque algunos torneos locales se siguieron jugando como si nada, aunque se contagie todo un plantel profesional, pero solo muera el chofer del micro), como pasó con la Copa América, con la presión de la CONMEBOL, organismo al que nada le importa. Por suerte aparecieron encuestas (lo que más importa…) que le mostraron al gobierno que no era muy empático seguir con la pelotita en este contexto y la CONMEBOL decide con un criterio sanitario, llevarse la copa a Brasil, que estaba estallado de COVID. Pero como ‘ganamos’ a nadie pareció importarle el este contexto. Muy humano todo. 

Y nos referimos a la clase política porque no es este político o aquel: los que están en el poder cumplen su función de mantener todo como está sin grandes cambios, aunque tiren frases rimbombantes para la tribuna y le echen la culpa de su fracaso a factores externos; los que están en la oposición, resulta que tienen todas las recetas del éxito que no supieron concretar mientras eran gobierno y, como de momento, están fuera de toda responsabilidad, se sienten libres de decir cualquier cosa, obviamente desde una moral supuesta superior. Nótese que no importa el rol que ocupan hoy ni quién es quién; ejemplos sobran.

En este escenario de “alta política” nos encontramos con que el peso vale cada vez menos al mismo tiempo que los productos valen cada vez más: si, inflación. Tenemos la propia y la importada. ¿Los motivos? De los más variados: el dólar, la especulación, el aumento de insumos, el atraso de precios, la emisión de billetes, la escasez de productos, el clima y la posición de Saturno. Todo nos pega.

Uno de los últimos quilombos es el del aumento del precio de la carne que nos muestra algunos de esos factores y vuelta a presentarse como una pelea entre el Estado y “El campo”. Vale la pena aclarar, que con El campo hacemos mención a los formadores de precios que son parte de la industria agroexportadora, y no, al dueño de diez vacas.

Asociado al comercio con China en auge, viene un problema de escala en cualquier producción debido a que el gigante asiático todo lo que se vende, lo compra. En principio, solo compraba a la Argentina, vacas que ya estaban de vuelta, las llamadas vacas conserva que no se consumen en la región, pero con el crecimiento de la clase media en China, comienza el aumento en la compra de ganado bovino, pasando de 759 toneladas en 2012 a 39.000 toneladas solo en este marzo pasado según datos del Instituto de la Promoción de la Carne Vacuna Argentina (IPCVA) y el Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca*.* Los productores, por su parte, acusan una caída en la producción al mismo tiempo que el IPCVA informa que en 2020 se supera en 2% la faena del 2019 para cubrir con la exportación (al día de hoy China se lleva aproximadamente 2 de cada 3 kilogramos de carne vacuna producida en Argentina para exportación) y registrando una caída en cantidad de hembras, lo que podría explicar un poquito de un quilombo  futuro: menos hembras, menos crías, menos oferta, más faena, más demanda y todo a precio dólar viajando a Asia; pero no explica el aumento en el presente. A esto hay que sumar el aumento internacional del precio de insumos, como es el maíz para el feedlot, obviamente en dólares que, si bien impacta muy poco en el precio local, se lo vuelca por completo y con algo más (ya que está) importando inflación. Por eso hemos escuchado estos días a algunos economistas hablando de *desacoplar* los precios nacionales de los internacionales. 

Otro motivo es la guarda de terneros como refugio de valor frente a una expectativa devaluatoria, lo que disminuye la oferta de los feedlots y empuja los precios para arriba. Por último, la versión del gobierno: entraron jugadores, que no son los habituales, a intermediar las exportaciones y empujaron los precios hacia arriba, nunca para abajo. Durante el año pasado, los precios internacionales de la carne bajaron, mientras que acá, por una cosa u otra, en el mejor de los casos, aumentaron poco, como la nafta. Lo importante, como en todas las cadenas productivas que hay en la región, es que, desde que se comienza con la materia prima hasta la góndola, intervienen innumerables actores, cada uno aportando su codicia, que sumada, siempre da por encima de lo que cada uno acusa, sería el motivo del aumento. Genial.

¿A dónde vamos con esto? Los números nos ayudan a entender que el capitalista hace todo lo posible por incrementar sus ganancias, incluso a veces perjudicándose a futuro, aunque aparezca en los medios victimizándose por lo mal que la pasa la clase empresarial y despotricando en pos de ‘la libertad perdida’, sabiendo que, en el peor de los casos, cambia de rubro o pide asistencia del Estado; mientras tanto, el Estado, solo está para hacer de cuenta que regula todas estas idas y vueltas, interviniendo poco y nada (quizás, solo lo justo) garantizando que siga girando la rueda, vendiendo que es por el bien de ‘todos y todas’. 

La derecha liberal dirá que, sin intervención del Estado, el mercado se autorregulará y será todo ganancia, pero esto ya lo pasamos hace muy poquito y nunca llegó el famoso derrame (ni lo iba a hacer).

La izquierda tradicional dirá que, con la intervención fuerte del Estado, los mercados serían regulados por él y ganaríamos todos porque habría recaudación y es el mismo Estado el que redistribuye. 

El peronismo dirá que usará una medida u otra dependiendo de la coyuntura, que haciendo el balance de todas las veces que fueron gobierno, el saldo es negativo.

Nosotros estamos convencidos de que es el mismo Estado (este, aquel, el otro) el que garantiza los vericuetos del capital, y el mismo capital el que sostiene al Estado como su perro guardián, por lo que no esperamos que, de la imposición de alguno de los dos, los/as trabajadores, los/as explotados, los/as excluidos, cambien su realidad. Eso, debe ser una obra propia.