Habían transcurrido cinco o seis días, tiempo impreciso… sin medida, que en la manifestación del puente Pueyrredón, dentro de la estación Avellaneda, fueron muertos por la represión Darío Santillán y Maximiliano Kosteki.

Vamos con Gabriel en coche por Centenario Uruguayo llegando a Camino General Belgrano (Avenida La Plata) un punto límite entre Avellaneda y Lanús, la cruzamos, adentramos en Lanús en busca del barrio Monte Chingolo, lugar donde viví el final de mi niñez, mi adolescencia y algo más; donde está la casa de mis viejos, donde también vivía y militaba Darío Santillán. Cien metros y la avenida Donato Álvarez, antaño calle diagonal de tierra, hoy con boulevard, que en un sentido “recorre o atraviesa” todo Monte Chingolo, bordeaba alternativamente algunas manzanas de casas y mayoría de campos. Seis o siete kilómetros que en su extensión toma toda la parte de atrás de la I.A.P.I., lugar en el que se depositaban mercaderías de contrabando secuestradas, posteriormente “Viejo Bueno”, ocupado por el ejército (donde el intento de copamiento por la guerrilla en 1975) que culminan en avenida Pasco, límite con la ciudad de Temperley. Calle histórica de carreras cuadreras donde el tránsito era casi exclusivamente de “tracción a sangre” con tolerancia para algún camioncito repartidor de mercaderías en los negocios de la zona. Acuerdos tácitos, formas implícitas de convivencia, al igual que en las demás zonas que menciono, entre laburantes, malandras, “amas de casa”, hombres a caballo, fugitivos, “muchachas de avanzada”…

Seguimos por Centenario Uruguayo, cruzamos unas vías y la ex Parada Fernández del ya inexistente Ferrocarril Provincial, un trecho más, veinte cuadras dentro de Lanús, la avenida Caaguazú donde doblamos hacia el sur (por el mismo lugar y en curva enfrentada a la que tomamos nosotros circuló el último tranvía habitante de Buenos Aires, “el 3”, que recorría de Plaza Constitución a Villa Obrera en Lanús). También como límite la Avenida Pasco y la ciudad de Temperley. A mitad de camino la estación Monte Chingolo, a la derecha unas cuadras y una de las dos plantas existentes en el país de la firma S.I.A.M., donde trabajaban varios miles de obreros y en la que trabajé cuatro años. Donde se fabricaban heladeras, lavarropas, cocinas, ventiladores y en los últimos tiempos coches. Infinidad de situaciones vividas y observadas. Dos hechos históricos en mi memoria y voy tras éstos.

En el trayecto ya señalado desde Centenario Uruguayo -por Caaguazú- a la estación Monte Chingolo, un descampado bastante extenso cubierto por montículos, yuyos, arbustos. Por Caaguazú seguramente hacia la S.I.A.M., el paso de un camión de caudales; del descampado surgen varias figuras y lo emprenden a tiros (armas de bajo calibre). La inmediata carrera de los bandidos hacia aquel -una maratón entre tecnología de avanzada y tecnología primitiva-. El bólido en su carrera desaparece (se volatiliza) y las figuras, ya sin el objetivo, se pierden entre las calles y las casitas de los alrededores… bandidos auténticos.

Y el otro hecho. En el mismo tiempo, año ‘59 o ‘60. Como es normal en todo régimen de explotación, por “alguna razón” echaron a un obrero de nacionalidad italiana. Uno de esos hombres para los cuales el trabajo es de importancia fundamental en la vida. Estuvo un tiempo prolongado pidiendo a las autoridades de la firma italiana -desde lo más bajo a lo más alto- por su reincorporación sin resultado. Le faltaba llegar al directorio, las autoridades más importantes en la Argentina. Irrumpió en una reunión de éstos, el mismo pedido casi en tono de súplica y la misma respuesta, entonces sacó un revólver y disparó, mató al director (Juan Caserta) e hirió, quedando inválidos, al vicedirector y a otro componente del directorio. La tracción a sangre contra el control remoto.

Dos hechos. Si pudiéramos salir de lo superficial, de la vulgar alienación, de los intereses burgueses, podríamos decir que más allá o más acá de la aparente motivación de los hechos, ambición, miedos… actuaba y salió a la luz lo que subyace, el excelso sentimiento de dignidad. 

Estamos en la estación Chingolo, Caaguazú en adelante, hasta la avenida Pasco cambia el nombre por el de Circunvalación, tomamos a la izquierda de la estación, cruzamos las vías. Me detengo en el Ferrocarril Provincial, recorría desde Avellaneda, calle Güemes y Belgrano, hasta La Plata. Ferrocarril de trocha angosta, de máquinas a carbón. Trenes familiares “humanizados” por la prepotente tozudez de una vaca, un caballo, ante la “carrera loca” de un laburante trasnochado. Hacemos unas cuadras y la casa de mis viejos. Estaba mi mamá, mi viejo ya había fallecido -de visita una hermana, mi tía Hortencia, madre bis de toda toda la vida, hay otras, mi tía Armonía, “la Ita”. Contamos en qué andábamos, unos mates, comimos algo y nos fuimos.

De vuelta a la estación, retomamos Caaguazú buscando encontrar algún conocido que supiese sobre el lugar que buscamos. Cuatro o cinco cuadras y en la puerta de un boliche -los de a media luz de día y de noche- el negro Pilín Pérez, amigo entrañable, sujetos de los que si no existieran en uno, uno no existiría. Hacía rato no nos veíamos, saludo prolongado ante la mirada sorprendida de Gabriel. Los presento, conversamos un rato, le pregunté si sabía la dirección de lo que estábamos buscando. Sabía, nos indicó el lugar, quedamos en encontramos en una fecha y fuimos. Le iba explicando a Gabriel quién era Pilín y llegamos al lugar. Lo que antes era campo, ahora estaba totalmente ocupado por el asentamiento en donde vivía y militaba Darío Santillán. En “mis tiempos” varias hectáreas de campo donde vi hasta liebres y donde jugué a la pelota -gambetas, golpes y goles- en las varias canchas dispersas en la extensión. Continuamos y nos encontramos con el local de la agrupación “Aníbal Verón” donde Darío Santillán concurría, -“después te voy a seguir contando quién es el negro Pilín”, le comenté a Gabriel.

Calles de tierra, casas pobres, una de éstas el local. Bastante gente y como era de esperar, rostros adustos, duros e impotentes. Algunos conocidos, conversaciones repetidas, breves y silenciosas, casi solemnes.

Nos quedamos un rato, dejamos algún material, la palabra de compromiso y salimos.

Adelante del coche y en medio de la calle barrosa, de zanjas a los costados, un grupo bastante numeroso de pibes jugando a la pelota, nos dejan pasar y comenzamos el retorno. Retomé la conversación sobre el negro Pilín, relaté un hecho. En una ocasión, después de una circunstancia, quedé bastante malherido y no me podía mover. La situación era complicada, entre otros estaba Pilín, les dije que se fueran, que me dejaran. Pilín se quedó, no hubo forma de convencerlo, me llevó hasta el hospital Gandulfo, me internaron y entonces sí se fue… bueno, después la cosa siguió su curso. -“Mirá…“dijo Gabriel, después una pausa como si pensara -“por lo que vinimos y con qué y con quién nos encontramos”, se sonrió y aceleró.

A. F. (La Protesta N° 8227, julio-agosto 2005)