Cincuenta años del último golpe de Estado, y un modelo similar, al menos en lo socioeconómico, gobierna el país.
La reforma laboral, para sorpresa de nadie, se aprobó. La inflación sigue ganándole a la gran mayoría de los sueldos o ingresos y una larga lista de “noticias” que pesan, incluidas las intervenciones militares o paramilitares en varias partes del mundo, o guerras que confirman todo lo que venimos diciendo desde el anarquismo sobre el capitalismo, Dios y el Estado. Estamos lejos de jactarnos de nuestros “análisis”; sentimos en carne propia el peso de no haber logrado revertir lo que vemos desde siempre. Por momentos, puede resultar agobiante, una derrota que genera aislación y esa sensación de que todo parece demasiado, más aún cerca del 24 de marzo.
51 años de los decretos de aniquilamiento donde la democracia representativa, republicana y federal ordena a las fuerzas armadas “aniquilar el accionar de los elementos subversivos”, y 37 del primero de los indultos. Es difícil determinar cuánto aprendimos del pasado, incluso puede que sea difícil acordar sobre qué tenemos que sacar lecciones. Tenemos algunas ideas para arrancar el debate con quien considere que hace falta.
La primera, es que el Estado puede reprimir de manera brutal cualquier intento de subvertir el orden que pretende imponer. Las formas democráticas pueden dejarse de lado cuando sea necesario. Si la lucha avanza, eso llamado monopolio de la fuerza se pone en práctica contra quien sea. El tiempo hace el resto y más de un responsable puede volver al ruedo político sin mucho escándalo.
Antes y durante, se necesita determinar un enemigo interno con algunas características. Aparecen términos como “ideas extranjerizantes”, “subversión”, “violencia”, “terrorismo”, etc., y algún interrogante del tipo “¿hasta cuándo?” o “¿qué pretenden?”. Esto no es solamente obra del aparato estatal; los medios formadores de opinión y la política en general aportan a la idea, hasta el momento en que suene lógico responder “algo habrán hecho”.
Por último, cuando el Estado ataca de forma directa, la solidaridad se vuelve peligrosa, pero es una de las armas más potentes con las que contamos. Dar una mano como y a quien se pueda. Combatir toda forma de delación, y buscar fortalecer los vínculos entre los que luchan se torna fundamental.
Solo algunas ideas, nada complicado, pero que nos parece importante charlar. Las fechas son solo un pretexto. Lo que vivimos hoy como clase y de manera individual debería ser suficiente.
Nuestra idea no es un dogma. Es lo que hacemos para romper con la realidad que nos toca vivir, las formas de organización que utilizamos y proponemos. Hoy nos toca esto, y tenemos que buscarle la vuelta, empezando por no bajar los brazos y apoyándonos en quienes tenemos al lado.
Necesitamos el cara a cara, el encuentro que permita, además de la charla o el debate, romper con el aislamiento que se pretende imponer y que genera esa sensación de sálvese quien pueda.