“Todavía nos encontramos en las primeras etapas, en el comienzo del primer acto, de una revolución que se desarrollará a lo largo de años y décadas.” Alex Karp, CEO Palantir.

Cuando decimos que algo está en “internet” imaginamos un espacio abstracto, sin una ubicación precisa. Pero la realidad del espacio digital es que requiere de una arquitectura tangible para sostenerse. Lo que llamamos internet en su versión material es un conjunto de servidores, discos rígidos, cables de fibra óptica, datacenters con sistemas de refrigeración, redes de distribución de contenido, infraestructura de seguridad y equipos de desarrollo y mantenimiento trabajando para sostener esta arquitectura. Todo esto ocupa un lugar físico. Todo esto consume energía. Todo esto tiene un costo.

Nuestras ideas, nuestras reflexiones, las cosas que compartimos, imágenes, videos, audios. La historia de nuestras palabras. Todo vive ahí, no en un espacio etéreo. Están almacenadas en una arquitectura que pertenece a empresas que tienen un redito económico al sostener plataformas con ese fin. Todo esto existe solo porque hay un modelo de negocio detrás. Si este dejase de funcionar, todas nuestras palabras dejarían de existir. 

Internet basura

La expansión de internet se dio, en principio, por su bajo costo. Cualquiera podía levantar un servidor en su computadora personal, configurar un blog y empezar a compartir sus ideas. Los procesos se complejizaron con el tiempo, los motores de búsqueda penalizaron las conexiones lentas, y la web empezó a exigir niveles de disponibilidad, velocidad, seguridad y mantenimiento que fueron dejando afuera a quienes solo querían sostener un sitio pequeño en sus computadoras.

Toda una industria se desarrolló alrededor de alojar los sitios de otras personas. Con el advenimiento de las redes sociales, los portales de noticias y las industrias conformadas alrededor del espacio digital, las empresas mantuvieron la gratuidad, hasta cierto punto, de esas herramientas para conseguir una base mayor de usuarios. Internet dejó de ser un mar en el que se podía navegar entre diferentes islas para convertirse en grandes continentes financiados por un puñado de corporaciones.

El modelo de negocios que explotó con el desarrollo de internet no fue otro que el de siempre, la publicidad. El marketing que pueda posicionar productos para el consumo masivo. Y detrás de él, la especulación financiera.

La segmentación de usuarios basada en el espionaje digital que estas empresas llevan adelante fue indispensable para que estos negocios tuvieran éxito. Al mismo tiempo, la búsqueda por el crecimiento perpetuo de los grupos inversores llevó a un proceso de degradación deliberada de las plataformas digitales en función de maximizar ganancias. Primero consiguen usuarios al ofrecer servicios útiles, y sobre todo gratuitos. Después, una vez que logran captar la atención, acumular nuestros datos, vínculos y archivos, empiezan a empeorar la experiencia, agregan más publicidad, más contenido basura y una mayor manipulación algorítmica. Toda plataforma digital termina convirtiéndose en una maquinaria de extracción, ya sea de datos, de nuestro tiempo, de dinero o de nuestra capacidad de decidir cómo vivimos, pensamos y nos vinculamos.

La introducción masiva de la IA generativa acelera y profundiza esta degradación. Las plataformas que antes dependían de millones de personas produciendo contenido para sostener el negocio publicitario, ahora pueden inundar la red con texto, imágenes, videos y voces sintéticas con una velocidad que era impensada. La internet se llena de basura, las cuentas falsas, los “infuencers” artificiales, los portales donde cada artículo es escrito por una IA sin ningún intermediario real. De a poco el negocio se transforma, ya no son empresas intentando vender algo a personas. Son máquinas generando contenido para que otras máquinas lo consuman, lo posicionen y lo inflen. Algoritmos que generan el material, granjas de bots que interactúan con él y sistemas automatizados que lo posicionan en base a esas interacciones. Un circuito cerrado de desgaste energético que tiene como único objetivo manipular los números que ven los inversores.

Lo que se vende es la promesa de ganancias futuras en base a la dirección de ciertas líneas en un gráfico. La IA generativa parece ser un camino de no retorno donde cualquier tipo de espacio real se ve tapado por sus producciones. Internet se convierte así en un espacio cada vez más saturado de simulaciones, sin ninguna utilidad real.

Verificación de edad

Mientras la red se vuelve un espacio cada vez más inutilizable, avanza otro proceso complementario que es la construcción de mecanismos para filtrar, clasificar y controlar quién puede entrar, qué puede ver y bajo qué condiciones puede hacerlo. Al mismo tiempo que las plataformas degradan la internet para sostener su idea de crecimiento infinito, los Estados avanzan para volver ese espacio más controlable. Entre ambos, internet deja de ser un espacio abierto y se convierte en una infraestructura cada vez más vigilada. 

En Europa esta tendencia ya tiene una forma concreta. La Comisión Europea anunció una aplicación común de verificación de edad, que permitiría demostrar si una persona supera cierta edad para acceder a servicios que la legislación así lo requiera. El sistema se anuncia como “anónimo” porque la aplicación no compartiría nombre, fecha de nacimiento ni número de documento con el sitio que requiere la verificación. Solo compartiría la confirmación de que alguien es mayor o menor de cierta edad. Pero, para llegar a ese “si” o “no” primero la persona tiene que validarse con un documento estatal, y en algunos casos también con sus datos biométricos.

Esta misma lógica también aparece en las mismas aplicaciones. Discord, una plataforma de comunicación online, implementó un sistema obligatorio de verificación de edad. Ante el rechazo masivo que hubo de los usuarios, la empresa tuvo que postergar esta verificación para la segunda mitad de este año. Para esta verificación la aplicación propone dos métodos, la presentación de un documento oficial o la estimación de la edad por medio de una inteligencia artificial a partir de un video realizado por el usuario.

En California, se propone algo novedoso. La Ley AB 1043, conocida como Digital Age Assurance Act, va a obligar desde el año próximo a que los sistemas operativos generen una señal etaria al momento de configurar un dispositivo. Es decir, la verificación sería al nivel del sistema y el sistema se comunicaría con las aplicaciones que requieran esta verificación. Con esta ley, el control no es solo lo que se ve en internet, sino se establece en la conversión del sistema operativo en un intermediario permanente que clasifica a los usuarios.

En los estados republicanos de los Estados Unidos, muchas de estas leyes se concentran específicamente en los sitios pornograficos. Desde 2023, muchos estados aprobaron normas que obligan a estas páginas a verificar la edad de sus usuarios para impedir el acceso a menores. La pornografia aparece así como un laboratorio jurídico y político para esta transformación. El cuidado de los “menores” sirve como justificación para la instalación de una infraestructura de control que después puede extenderse a otros espacios digitales.

En el Reino Unido, la Online Safety Act exige controles de edad para pornografia y otras formas de contenido dañino para menores. En Australia, los Age-Restricted Material Codes imponen obligaciones similares para servicios digitales que distribuyen material restringido. En Brasil, la presión regulatoria también empuja hacia esquemas más generales de verificación de edad para el espacio digital, más allá de los sitios pornograficos.

De esta forma, para circular por internet cada vez más haría falta demostrar quiénes somos, o al menos, demostrar que una infraestructura ligada a nuestra identidad nos autoriza a movernos. La justificación que usan es la protección de menores. Pero cuando el sistema está implementado, se puede extender la lógica para cualquier otro contenido, servicio o espacio digital considerado sensible, riesgoso o simplemente inconveniente.

Una vez que la arquitectura existe, su uso y su alcance son una decisión política. La verificación ya no aparece solo como una protección para ciertos contenidos “adultos”. Al implementarse en plataformas, aplicaciones e incluso sistemas operativos, termina afectando a todas las personas.

Durante mucho tiempo, conectarse implicaba, con todos sus límites, una posibilidad material de entrar, leer, publicar, explorar y relacionarse sin pedir permiso a nadie. En el futuro próximo, para entrar primero va a haber que probar algo de uno mismo. Vamos a tener que ser parte de una infraestructura de validación en manos de gobiernos y empresas. Quedarse en el espacio digital va a ser una decisión que va a tener que ir acompañada de una regulación del propio discurso, una autocensura preventiva ante la pérdida total de la privacidad.

Abandono

La experiencia de la vida digital no puede existir sin la vigilancia constante. Toda la economía digital se basa en el espionaje, en la recolección de datos. La tecnología se volvió demasiado compleja. No puede existir una versión más amigable de internet.

Ninguna regulación de los estados va a solucionar esto. El Estado no está en oposición a las empresas tecnológicas. Actúan en conjunto, como siempre lo hicieron el Estado y el capital. A veces patalean, buscan alguna regulación, alguna parte más grande de la torta, pero es solo eso. Cooperación.

Se usa la excusa de “proteger a los niños” para establecer un sistema completo de control digital donde las personas vean limitado su acceso a cierto contenido. Ese contenido puede ser también el contenido político, subversivo, antiestatal. Pueden prevenir, de esta forma, la comunicación a través de las fronteras. Podemos dejar de ver lo que pasa en otros lugares. La internet puede ser un espacio de control mucho más opresivo de lo que es ahora. Las cámaras de eco pueden convertirse en espacios de los cuales sea imposible salir.

Es valioso poder contar con instancias tecnológicas que contrarresten la vigilancia. Pero estas son formas de autodefensa, no puedan funcionar a gran escala. Es importante el trabajo en el desarrollo de herramientas propias, con todas sus limitaciones, pero es necesario entender que ninguna puede ser totalmente segura o duradera.

Lo único que puede llegar a permanecer en el tiempo es lo tangible, eso que pasa lejos del teclado y las pantallas. Eso en lo que podemos involucrar más de dos sentidos.

La realidad es cada día más compleja, los medios de los que disponemos también. La búsqueda de lo simple no tiene que ver con el rechazo a la modernidad sino con que los humanos podamos tener el control sobre las herramientas y no que sea al revés. Nuestra historia debería seguir escribiéndose en papel, nuestras conversaciones deberían poder darse cara a cara, nuestras ideas deberían materializarse en acción.