Otra mañana más, el despertador te saca del pesado sueño que te amarraba a la cama. No queda otra que levantarte y apurar la pava para tomar algún que otro mate antes de salir a trabajar.
Prendés la radio para ir espabilando, y las noticias, que ya van martillando sobre tu cerebro, no sabés si será por el sueño, tal vez porque ya sabés que van a decir lo mismo de siempre, te suenan conocidas, ya otra vez escuchadas.
Te lavás la cara y, mientras vas pensando en lo que te depara el día, ya sacando cuentas para calcular si llegarás a pagar los servicios que llegaron ayer, todos juntos como un flagelo mensual. Encima, otra vez con aumentos, el miedo de no llegar comienza a abordarte ligeramente. Tratás de no pensar en eso, el alquiler está antes… y con suerte, la comida del día. Mientras te cambiás mirando hacia afuera, un día frío asoma; aún es de noche. En unos minutos tenés que salir a perseguir colectivos y trenes, que ya no solo tienen menor frecuencia, sino que cada vez están más caros. Aún no salís y ya temés por no llegar al tren, si es que pasa en horario. Pero, sobre todas las cosas, si lograrás subirte haciendo el enorme esfuerzo de no aplastar tanto a alguien para hacerte un lugar, y así ser una sardina más en la lata.
Despidiéndote de tu familia mientras duerme, les dejás sobre la mesa algo de dinero, lo que solía ser tu almuerzo, para que puedan subsistir este día.
Salís, corriendo llegás al colectivo que esta vez no te arrancó en la cara. Al subir y luego de hacer la ceremonia del pago del pasaje, escuchás las noticias: otro funcionario que se enriquece, casas nuevas, cuentas rebosantes de dinero, y acá estamos nosotrxs, que aún no encontramos el pendrive de la suerte, viajando en un bondi que en cualquier momento revienta. Quienes pueden duermen algo más, como para esquivar el agotamiento; el resto resiste sobre sus ya machacados cuerpos y mentes. Las noticias siguen dando detalles, calculando sumas de dinero que ya se cuentan en miles de dólares, y vos, que no llegás a fin de mes, que para pagar las cosas ya no podés darte un gusto sin sentir el temeroso vértigo de entrar en una bicicleta de pagos con deuda.
Llegás a la estación, la cotidiana marea de gente que confluye en el andén nunca deja de asombrarte. Apresurás la marcha entre las personas, las ofertas de café y facturas, personas pidiendo algo para poder llevar de comer a sus casas, y ahí los molinetes con más custodia que un presidente. Buscar esquivarlos es una práctica temeraria, más sabiendo que en la estación de destino o en el mismo tren hay otro ejército de pica boletos ávidos de encontrar infractores y generar multas. Pasás la SUBE… ya en las últimas, calculás que te alcanzará para el último tramo del periplo hacia el trabajo.
Adentrarte en el andén se torna engorroso, no cabe un alfiler, vas buscando un lugar entre las personas, el tren ya entra a la estación. Aun sin llegar a abrir las puertas, se genera en la masa de pasajeros un movimiento efervescente, preludio de lo venidero. Las puertas se abren, batalla campal en búsqueda de un asiento, un hueco que permita robarle unos minutos más de sueño a este flagelo, y sobre todo no tener que viajar de pie hacia el cumplimiento del presentismo, que para quienes gozan de trabajo en blanco es un monto que los ayuda a costear mínimamente sus gastos. Para quienes están precarizados, es una mínima garantía para mantener el laburo. Lográs entrar, a los empujones y apretones, quedando al lado de una señora. La misma, al teléfono, le comenta a su interlocutor que no puede más con las deudas, que ya no sabe a quién más pedir, y que las aplicaciones le cobran una barbaridad por un par de lucas que necesitaba para el remedio de la nieta. En paralelo, la radio dice: “es un problema entre privados”, el ministro de economía hablando de las millones de personas endeudadas que no pueden pagar, justo como si hubiera escuchado a la señora, justo como si se divirtiera en no hacerse cargo, y aun así saber de su sufrimiento, el cual, por razones obvias, él no lo va a vivir porque ya está hecho con su cargo en la función pública, y como si eso no le alcanzara para llegar a fin de mes, también es accionista de varias empresas. La señora corta y se queda mirando fijo un punto… ya el cerebro no puede más… no son ni las 8 de la mañana y ya es mucho esfuerzo por lo poco que recibimos a cambio.
Siguiente estación, no baja nadie, pero se sube otro aluvión de gente. Los de adentro nos reacomodamos como podemos, varias personas quedan fuera. La tensión de un mal comienzo se les nota en las caras mientras el tren se va. Quedando al lado de dos muchachos, tratás de evitar la charla, que por la cercanía del amontonamiento es casi un susurro al oído. Volvés a atender lo que dicen en la radio, el presidente otra vez se va de viaje, sale en avión hacia Europa a recibir un premio. ¿De qué? No lo sabés, pero que viaja cómodo, seguro, y que va a laburar, lo dudás. Ya te fastidiás, te sacás el auricular para terminar escuchando la charla de los dos muchachos… una disertación entre cómo está el país, quién tendría que gobernar y cómo. Las diferencias entre las posiciones son notorias, y un poco se acalora la charla entre ellos. Te sonreís pensando en que, si bien todos tenemos nuestras diferencias, si hay algo en lo que nos parecemos entre todos en ese tren es en que estamos yendo a generar los recursos para mantener a quien nos hambrea, a pagarle los viajes a los políticos y empresarios, sus casas, sus caprichos, y nosotros acá atiborrados en un tren, yendo a pasar nuestras vidas en un trabajo mal remunerado, para pagar a duras penas las cuentas y los préstamos para garantizarnos un mínimo de subsistencia. Viajamos pagando encima por este castigo.
Llegás a la terminal, la bajada es igual de problemática que la subida, solo que ahora la carrera es por llegar al siguiente transporte que te deje en el trabajo. Te tomás el colectivo, en 15 minutos llegás a destino. Volvés a la radio. Varios funcionarios afirman que el país tiene una economía pujante, la mejor en muchos años; parece que te toman el pelo, o solo evalúan su economía y la de los mismos grupos de empresarios dueños de todo, todo mientras el colectivo sigue su recorrido entre locales cerrados y calles repletas de personas que buscan dormir entre el frío y las razzias de la policía. La siguiente parada es la tuya, el colectivo se desvía por un corte en la calle. Te bajás enseguida, vas para la puerta del laburo, anunciaron nuevos despidos y suspensiones, más de la mitad a la calle. Hoy a vos no te tocó, pero puede que la próxima también te quedes en la calle. Mientras caminás entre tus compañeros, ves varios sindicalistas al teléfono como quien negocia cabezas de ganado y la policía, lista para la faena. Te acercás a Carlos, uno de los despedidos, está claramente shockeado, no para de repetir cómo va a hacer para seguir. Hace unos días se enfermó su hijo, su mujer está sin trabajo… tienen una montaña de deudas, y para colmo de males se les termina el contrato de alquiler, y conseguir otro va a ser imposible. El auricular en tu oído refuerza la situación… se aprobó parte de la ley de “protección de la propiedad privada”, y con ella los desalojos exprés… la venta de tierras… Suficiente… dejás la radio, ¿quién puede comprar tierras, y en esas cantidades? Seguramente personas que no tienen ni idea de la existencia de estas penas… que se han enriquecido con nuestros esfuerzos y privaciones, ya sean de “acá” o de “afuera”, no hay tal soberanía… todo tiene dueño y lo que no, ya pronto lo va a tener… y mientras tanto nosotros acá… entre el temor y la esperanza, sometidos, a no recibir el castigo o a que algún día deje de amenazarnos la miseria.