Parece que la cuarentena ha llegado para quedarse. Por lo menos por un tiempo. Sin agitar fantasmas de conveniencia (¿a quién le puede convenir esto no?), es hasta acá, mínimamente, larga. Entendiendo que por el momento no hay otra forma de combatir al ‘bicho’, no podemos evitar entender también, que trastoca todo lo que atraviesa en nuestras vidas… o sea todo; y no a todo el mundo le resulta precisamente un hecho placentero (por no decir a casi nadie). De personas que no pueden parar de laburar a personas que no pueden laburar, existe todo un matiz de situaciones en donde parece que los únicos que sacan rédito son los que siguen jugando a la grieta, ya en los medios, ya en la política. La miseria, se nota, es la única pandemia que no entra en cuarentena.

A los/as que no pueden parar de laburar se los/as ha llamado esenciales, aunque no se los/as trata como si realmente lo fueran. Primero nos encontramos con los/as laburantes de la salud, los/as que se encuentran más expuestos (si gustan de analogías militares dirían ‘la trinchera’), desde médicos/as y especialistas al personal de limpieza de los hospitales; también podemos encontrar a trabajadores de la industria alimenticia, de una punta hasta la otra de la cadena, es decir, desde el productor del alimento hasta quien lo acomoda en una góndola cerca de nuestras casas, pasando por quienes lo transportan; los choferes de bondis, taxis o personal de los ferrocarriles que garantizan el transporte; o las personas que laburan en entregas a domicilio (si, el ‘pibe’ o la ‘piba’ del delivery); seguro nos falten algunos rubros en la enumeración y la gorra… pero esos ni laburantes son.

El salario mínimo, vital y móvil en esta región, al día de hoy ronda los $16.875 (unos 233 dólares tomando el oficial sin el impuesto PAIS ¡que quilombo!), y la Canasta Básica Total (CBT), que define el nivel de pobreza, se ubicó a $43.080, mientras que la Canasta Básica Alimentaria (CBA), que limita el nivel de indigencia, se mantuvo a $17.876 para una familia conformada por dos adultos y dos hijos menores según el INDEC (que todavía no sabemos si es ‘malo’ de vuelta o qué); es decir, salimos del vestuario perdiendo por dos goles. Ahora, cualquiera de nosotros/as podría pensar que, si a determinados trabajadores se les considera indispensables, se los trataría de tal forma que al menos no sea exactamente igual que antes de armar una épica en torno a ellos. Y decimos esto porque algunos de los rubros enumerados apenas cobran un salario (los que lo tienen) por encima de esa canasta básica alimentaria. Por caso, el sueldo promedio de personal de limpieza en hospitales ronda los $22.000, mismo valor que un repositor de super de barrio (el típico ‘chino’); en salud los salarios van desde $17.500 a $500.000 dando un promedio general de treinta mil pesos (por debajo de la línea de pobreza), con lo que podemos notar que un director de hospital puede tener un salario alto, pero el resto del personal ni se le acerca (por eso el promedio es bajo), como es el de auxiliar de enfermería que en promedio ronda los $17.500, ubicado por debajo de la canasta básica. Ni hablar de los que dependen en mayor grado de las propinas que del salario, como quienes trabajan en servicios de entrega a domicilio que, mientras llenan las arcas de las empresas detrás de las plataformas, son de los/as más precarizados del mercado laboral. El capitalismo funciona… y la democracia también, porque sin el marco legal, o el vacío legal que genera, esas empresas no podrían operar de esa forma. También debido a la falta de organización de los/as laburantes, que de a poco se empieza a dar, para ponerles un freno.

Desde fines de marzo que nos encontramos en esta situación de cuarentena, y recién en estos días se comenzó a pagar un bono prometido a los trabajadores de la salud de $5000 (una millonada). Sí, son tan esenciales que se les paga mal y tarde. Pero no a todos les pasa eso.

Durante este ‘parate’ para todo el mundo, muchas empresas comenzaron a instalar la idea de no poder garpar los salarios de sus empleados/as y comenzamos a escuchar otra vez (entendemos que son contextos diferentes y este es muy delicado) que se presenta la disyuntiva entre salarios y puestos de trabajo, por lo que aparece como opción, la rebaja salarial. Llama la atención como rápidamente los distintos sindicatos (no todos; los aeronáuticos lograron suspensión con salario completo) y directamente desde la CGT, enarbolan la bandera de cuidar el puesto de trabajo en desmedro de los/as laburantes y no el esfuerzo de las empresas en ganar menos o usar de sus ‘ahorros’ para que la situación no la paguen los/as de siempre. Pero resulta que cada vez que se dijo que debemos hacer un esfuerzo porque la situación esta jodida, sólo se nos hablaba a nosotros/as, quienes laburamos y no a los ‘dueños’ de las cosas, y eso sin importar el partido de gobierno. Claro ejemplo hasta aquí es el tan mencionado impuesto a las grandes fortunas mencionado en abril (el 15 más precisamente) y que todavía no tiene siquiera un proyecto concreto presentado por el oficialismo (hay uno presentado por la izquierda que se ve que… no), siendo que la idea era usar su recaudación en la crisis actual. Eso sí, parte de los primeros opositores a la idea fueron del ‘riñón’: Reutemann y Romero, senadores peronistas. Claro, ese problemita de estar de los dos lados del mostrador; en este caso millonario y quien debe decidir si paga con parte de su fortuna. Por ahora, humo.

También se habló de una rebaja en los salarios de los cargos políticos y judiciales, y salvo algunas excepciones, nada cambió, ya que se acordó que sea una iniciativa personal donar parte de su ‘dieta’ y con el tiempo se diluyó ese pedido de ‘gesto’ a la clase parásita. Al mismo tiempo, como es costumbre en esta época, se lo usó para aumentar la grieta entre quienes pedían que los políticos se bajen el salario y quienes los defendían (sí… hubo y hay quien defiende el salario del político) mientras, desde los estamentos más altos del poder se nos pedía ‘un esfuerzo’… otro esfuerzo… y van. Y para cerrar esta obra trágica, salen por los medios a hablar del esfuerzo que están haciendo para pagar el IFE, el esfuerzo para legislar, el esfuerzo para acondicionar los hospitales, el esfuerzo… qué sabrá de esfuerzo un tipo que percibe por mes entre 188 y 250 mil (un diputado), o quien recibe en promedio 272 mil (llegando hasta los $ 770.128 pesos como los jueces), por dar unos ejemplos, y que para todo lo que hacen, usan la guita de los demás… Y estos no son ni cerca esenciales. 

Debido a la cuarentena y a lo largo de esta, el abanico de reclamos fue en crecimiento y tomaron la escena los **anticuarentena, **que nos vienen bárbaro para odiar a alguien (sólo hasta que llegue el próximo enemigo y volvamos a pisar el palito), y que engloba dentro de ellos a personas con más o menos motivos (más o menos ciertos); algunos de ellos/as son los antivacunas, antiperonistas, líderes políticos de la oposición (¿no Pato?), periodistas partidarios, chetos, acusadores de Bill Gates (los que dicen que es de laboratorio y lo esparcieron a propósito), organizaciones sociales (las que se manifestaron en el centro), negadores del covid (plantean que es sólo por control social y nuevo orden mundial), anticiencia, anti 5G, runners, nazis (a estos está bien odiarlos), anarquistas, libertarios y personas que no pueden laburar y pasan hambre. Puede que algunos coincidan en dos o más de esas categorías que mencionamos, y que la disidencia sea más o menos razonable, pero lo que es cierto es que se los usa para descargar toda una batería de insultos en nombre del ‘bien común’… de ‘todos’. Clima raro y que nos recuerda, salvando las distancias, cuando pasaba algo en una manifestación y se era infiltrado, o se daba una mano a alguien con la yuta y se era garantista, o si se levanta la cabeza sólo por dignidad se nos mandaba a agarrar la pala; hoy, decir que algo no cierra, es de anticuarentena. Raro. De todo esto, nos interesan los últimos como para pensar, y no estar con la hoguera preparada para quemar al que sólo piense distinto.

Los libertarios ganaron la escena local de la mano principalmente de Javier Milei, despotricando contra el Estado todas las veces que se le presta un micrófono, hecho por el cual, en varios medios, se ha hablado de libertarios y anarquistas como sinónimos, aunque tienen mucho más que ver con los liberales. Sabemos que los/as compañeros/as entienden donde pararse, pero esta prensa está orientada no sólo a compañeros/as, sino también a quien no lo sea… aún. 

Coincidimos en la búsqueda de la abolición del Estado, pero por motivos diferentes: el libertario pregona que el Estado distorsiona al mercado, por lo que habría que reducirlo (dentro de los libertarios se encuentra un grupo denominado libertario anarcocapitalista que pretende la abolición absoluta del Estado pero conserva la propiedad privada) sólo a cosas básicas como salud, educación y seguridad (la gorra no la dejan ni locos), y que sin él, los privados se manejarían de manera correcta beneficiándose todos. Si el rico gana, ganamos todos/as. En un contexto de neoliberalismo se dio en llamar Teoría del Derrame; qué grande los ‘90, tan peronistas con Carlos en la Rosada.

Hace poco se publicó (otra vez) la lista de empresarios que, dentro del marco legal, sacaron millones de dólares al exterior en cuentas personales. No se termina de entender bien a quien se apunta con esto que parece más una operación que otra cosa (es que están tan de moda), porque si es legal, nada puede el buen demócrata y cuyo primer lugar está ocupado por un socio (¿o ex?) de los Kirchner, pero a nosotros nos sirve de ejemplo. Esa, es guita que ganaron encima del laburo de millones de nosotros, y que obviamente se guardan para sí, no derramando absolutamente nada, ni reinvirtiendo, sólo acumulando, lo que agranda la brecha entre los que la pasan bien y los que no. Los estatistas dirán que para comenzar a igualar, o al menos mantener un nivel aceptable de desigualdad (ese que no haga que se pudra todo), debe haber una redistribución de los ingresos, oficiando el Estado de mediador. A todo esto, nosotros le oponemos el comunismo anárquico. ¿De qué hablamos? En primer lugar, si eliminamos como sociedad la posibilidad de acumulación de poder (político, guita, medios de producción), no dependeríamos de las migajas caídas de la mesa del rico; esto debe ir de la mano de negar la posibilidad de que unos parasiten a otros viviendo del trabajo ajeno (salvo quien está imposibilitado de hacerlo). En criollo: “De cada quien, según su capacidad; a cada quien, según su necesidad”. Seguro nos debemos una explicación, si es que la logramos, más detallada de este tema.

El otro grupo que nos interesa es el de los/as que no pueden laburar, por suspensión, despido, porque no puede abrir su negocio o simplemente no se le permite hacer changas. Vemos todos los días persianas bajas que no volverán a subir, rubros que no se sabe cómo volverán, si es que pueden volver (pensemos en teatros o recitales por ejemplo) y que es muy probable que sea algo distinto a lo que conocíamos. Pero también contamos en este grupo a quienes, como los/as laburantes de Mondelez, fábrica de alimentos, fueron puestos a producir golosinas bajo el paraguas de ‘industria alimenticia y servicio esencial’, mientras la empresa se stockeó todo lo que pudo bajo el valor actual (vaya a saber cuándo lo venden y a qué precio), para después bajar el sueldo a los/as trabajadores y suspender la actividad. Y esta magia empresarial la pudieron lograr luego que el ministro de trabajo Claudio Moroni, homologara el acuerdo entre la empresa Mondelez y el Sindicato de Trabajadores de Industrias de la Alimentación que comanda Rodolfo Daer. Menos mal que se fue Mauricio y volvieron los peronistas. Feliz día del trabajador.

Otro ejemplo actual de maridaje entre Estado, capital y nosotros mirando desde la tribuna es el de Vicentín. ¿Lado? Ningún lado tomamos en este juego de elegir bandos. Lo que se conoce de esta simbiosis entre el Estado y el capital primeramente, es que esta empresa, obtuvo de la dictadura el puerto de Ricardone luego de entregar a 22 laburantes y es donde comienza su negocio exportador (acusación del diputado Carlos del Frade, socialista de Santa Fe); luego, es la tercera vez que pasa con esta empresa eso de ‘arruinarse’ y salvarla: 2 millones de dólares en deuda en 1982 estatizados por Cavallo como ministro de economía del gobierno milico; 131 millones en 2001, donde otra vez estaba Cavallo pero en democracia; y ahora se comienza con este proceso con créditos de dudosa legalidad otorgados por el macrismo y salvataje impulsado por Alberto, discípulo de… sí, Cavallo. 

Luego, que el concurso de acreedores es un artilugio legal para ganar más guita sin laburar. Sí, el que nos manda a agarrar la pala ni en pedo la agarraría.

¿Cómo? Fácil. Esto no es un invento argentino, lo hacen en todas partes del mundo y sí, es legal, o al menos muy difícil de probar el fraude. Primero se endeudan con préstamos o no pagando a proveedores, vacían las cuentas con transferencias y dibujos de cuentas, y luego llaman al concurso de acreedores. ¿Para qué? Acá viene la magia. Negocian una quita en la deuda para poder pagar o compran su propia firma quebrada (más barata) a través de otra empresa (testaferro) a un valor mucho menor. ¿Por qué? Porque pueden y es legal. El Estado le pone las reglas y la democracia lo permite. Vicentín es sólo un ejemplo. ¿Bando? Ninguno.

Y como decíamos al principio, la única pandemia que no entra en cuarentena, es la miseria. Como esperábamos, no se tardó en salir a presentar las partes como la republicana, que parece no ver que esto empieza con una transfugueada, y la nacional y popular que no ve que no fue un gobierno quien dejó que pasara, sino que es la esencia del Estado garantizar que pase. Corresponde también aceptar y reconocer que funcionan bien las campañas en los medios y las redes, porque como decíamos antes, aparece quien defiende al político de su agrado y acepta todo lo que le diga (por no decir que le milita toda la sanata a capa y espada de un lado y otro), el que desde el barrio humilde le cuida el sueldo al político y se identifica con él, el que con un Duna modelo 98 sale a plantarse por miedo a la expropiación y cree que habla de lo mismo que el que ni siquiera necesita manejar.

Como también es el Estado a través del gobierno de turno quien se pone a espiar a todos los demás; propios y extraños son blancos siempre de agencias de inteligencia (que parecen independientes a todos y con aspiraciones propias) que laburan de hacer carpetas para montar operetas cuando más les convenga, y que sin conocer los motivos particulares de este o aquel carpetazo, atrás siempre vemos lo mismo: poder y guita.

Una de las cosas de las que estamos seguros es que esta pandemia ha exacerbado los rasgos de cada uno, mostrando más miserable al miserable y más solidario a quien ya lo era y que entre tanta mierda, siempre vamos a rescatar las actitudes de quienes se brindan a los/as demás, no por caridad sino por empatía. Quienes en las peores condiciones ponen su granito de arena para que la vida del otro no sea tan mala. Desde el más mínimo gesto al más grande, libre de cualquier pretensión por sobre el otro. Solidaridad que se le dice.