A finales de marzo, se realizó en Brasil (al parecer sin la presencia de Grabois) la “Primera Conferencia Internacional Antifascista por la Soberanía de los Pueblos”, en la cual participaron varios partidos y organizaciones argentinas, junto a otros activistas de unos 50 países, según sus organizadores. Con un llamado a construir un frente, lograron acuerdos como “incentivar la realización de conferencias regionales y nacionales antifascistas y antiimperialistas, con el objetivo de llevar a cabo una 2ª Conferencia Internacional Antifascista por la Soberanía de los Pueblos”. Coincidieron en dar varios apoyos (la Flotilla Global Sumud, Sáhara Occidental, Puerto Rico, etc.), repudios (Venezuela, Irán, etc.) y varios acuerdos para otros foros y reuniones.
Podríamos decir que esto es el antifascismo, pero no sería del todo serio. Sabemos que hay otras formas y otra militancia que se declara antifascista. Sin embargo, el párrafo anterior sirve para ejemplificar uno de los problemas (al menos para los anarquistas) de las propuestas de frente único, que termina siendo politiquería. Pero el mayor riesgo es que normalmente la amplitud de ese Frente nunca se sabe dónde termina. Que por definición debe ser interclasista y abrirse a partidos y organizaciones que se autoperciban antifas. En definitiva, abrirse al Estado.
“Steve Bannon es un humanista católico (….) bueno, alianza táctica contra la plutocracia tecnocrática.” Juan Grabois.
En Argentina, el antifascismo tiene un periodo de apogeo importante entre 1920 y 1945 aproximadamente. Algunos historiadores ubican como punto cúlmine de ese periodo la alianza llamada “Unión Democrática”, formada por el Partido Socialista, el Partido Comunista, la Unión Cívica Radical y el Partido Demócrata Progresista, que compitió y perdió contra Perón. Algo parecido a lo que proponen fórmulas del tipo Kicillof / Bregman o una alianza donde entren todos los opositores para competir contra Milei.
A mediados de los 90, Ekintza Zuzena publicó una nota, que por estos lados republicó Libertad! con varias notas al pie, llamada “El antifascismo como forma de adhesión al sistema"1. Nos pareció útil reproducir algunos puntos, como forma de acercar una discusión que, parece, vuelve a ser necesaria. Por nuestra parte, entendemos que con la negación de toda forma de poder y gobierno que implica la idea anarquista, nos alcanza para no identificarnos con ningún otro “anti”. No por eso, dejamos de ver personas que encuentran en el antifascismo una identidad que les permite luchar contra lo que estamos viviendo.
Fascismo hoy
Para determinar la función que cumple el fascismo hay que determinar cuál es la realidad en la que se desenvuelve, que evidentemente no es la misma que la de los años 30.
La necesidad constante del desarrollo de las fuerzas productivas del capitalismo han llevado a éste a una crisis permanente.
La crisis del modelo de desarrollo keynesiano desde principios de los años 70 conducen a una paulatina superación de este modelo (del Estado de Bienestar) y a la paulatina extensión de un nuevo (viejo) modelo de liberalismo.
En la actualidad ambos modelos conviven y/o compiten en un marco internacionalizado de la economía de mercado.
Este estado de inestabilidad es susceptible de generar graves disfuncionalidades. La sustitución de un modelo en decadencia por uno en auge crea una situación de desprotección y una fuerte resistencia en grandes capas de la sociedad. A esto se añade la supuesta inmigración masiva como causa de disfuncionalidad añadida fruto de la internacionalización de la economía y el incremento de la explotación en los países de la periferia, así como de la marginación de grandes áreas geográficas del mercado-mundo.
En resumidas cuentas este es el marco donde situar el fascismo hoy. Su misión en él seria facilitar la transacción de un modelo a otro, desarrollando políticas tendentes no a tomar el poder (no por ahora) sino a fortalecerlo y totalizarlo por medio de leyes represivas, antiinmigración, etc. que impidan o neutralicen las posibles disfuncionalidades (que se traducirían en revueltas cíclicas o movimientos de resistencia) [[Revueltas como las de Caracas, el POLL TAX o Los Angeles.
El fascismo pues trataría de derechizar la sociedad a la par que desestabilizar para justificar medidas de urgencia por parte del Estado.
Por otro lado se vuelve a plantear la dicotomía democracia o fascismo (dos caras del mismo capitalismo) que lleva a reforzar la alternativa democrática frente a la posibilidad fascista saliendo victorioso de este falso enfrentamiento el capital.
El antifascismo como lucha de distracción
El fijar nuestros esfuerzos en la lucha antifascista a nivel parcial nos aleja ineludiblemente de la centralidad de la lucha de clases: crear conciencia y autoorganización de clase. El antifascismo distraería voluntades a un problema concreto fruto de una situación global.
Más cuando se cae en dinámicas de represión-acción (difíciles de evitar) que llevan al movimiento a centrar su trabajo en responder a agresiones de grupos fascistas o del aparato represivo del Estado cuando l@s antifascistas son represaliad@s.
El antifascismo como colaboración de clase
El lema «tod@s contra el fascismo» puede ejemplarizar una tendencia a la colaboración de clases. La alianza, en plataformas y demás, con fuerzas contrarevolucionarias de la izquierda capitalista es patente en muchos casos. Un lema tan general es asumible desde muchos ángulos, desde la izquierda colaboracionista a la derecha liberal (no olvidemos que Antena 3 se ha convertido en paladín antifascista) pasando por los grupúsculos oportunistas (los restos del leninismo que combaten al fascismo aquí y apoyan alianzas entre fascistas y «comunistas» en la antigua URSS).
La historia vuelve a repetirse con un escenario totalmente distinto al desarrollarse políticas frentistas que implican un reforzamiento del modelo capitalista bajo formas democráticas parlamentaristas. Se vuelve a colaborar con nuestros enemigos de clase socavando nuestros propios intereses para defendernos todos juntos de nuestros enemigos aparentemente más directos y atroces: los fascistas. [[Este tema se produce en el caso alemán (y no es el único). Los grupos autónomos han llegado a buscar apoyo en el Partido Socialdemócrata fomentando una especie de unidad antifascista e interclasista.]]
El resultado es que en lugar de hacer cotidianamente revolución nos hacemos aliados de sus enemigos.
El antifascismo como forma de reforzar al Estado
Desde grupos antifascistas se reclaman medidas estatales y legales que represalien al fascismo [[Este tipo de medidas se reclamaban recientemente en la portada del boletín «No pasarán» del colectivo «Al enemigo ni agua» de Barna. O en el caso Guillén Agulló donde diversos grupos reclaman altas penas de prisión y cumplimiento íntegro de las condenas. Evidentemente había quien discrepaba, como la Asamblea Antifascista de Valencia.]]: leyes contra los grupos nazis, mayores medidas policiales, altas penas de prisión, etc.
La aplicación de tales medidas difícilmente iría a nuestro favor más bien todo lo contrario. Con ello se refuerza el papel del Estado a nivel represor y se fortalece su poder. No deja de sorprender y alarmar que desde nuestras filas se den armas a nuestro enemigo más señalado: el Estado. Así como que se considere que sus leyes puedan ser nuestra salvaguarda contra quienes no son ni más ni menos que sus cómplices: los fascistas.