“Si no ganamos es porque como sociedad estamos decidiendo suicidarnos.” Javier Milei, Presidente de la Nación.
En Argentina se suicidan catorce personas por día. Una cada dos horas.
En 2025 fueron 5.209 personas, la cifra más alta desde que existen estadísticas comparables. El número creció un 22% en apenas un año. En Argentina, el suicidio ya se convirtió en la principal causa de muerte externa y en 2025 superó a los accidentes de tránsito y los homicidios juntos. Entre los 20 y los 35 años desplazó a los accidentes, que históricamente ocupaban el primer lugar. El 80% de las personas que murieron por suicidio fueron varones.
La distribución de los intentos de suicidio es diferente. Entre enero y octubre de 2025 se notificaron 11.799 en todo el país. El 61% correspondió a mujeres y la mayor cantidad se concentró entre adolescentes y jóvenes de 15 a 24 años. Sin embargo, la posibilidad de que un intento terminara en muerte fue cinco veces mayor entre los hombres.
Durante mucho tiempo el suicidio fue tratado casi exclusivamente como un problema individual. Depresión, consumos problemáticos, alguna enfermedad psiquiátrica pero la salud mental depende también de las condiciones sociales, económicas, históricas y culturales en las que vivimos.
Es difícil poner en palabras cuáles son las causas que llevan a una persona al suicidio. No existe una única causa pero la realidad cotidiana que nos ofrece el capitalismo no es alentadora. La dificultad para conseguir trabajo, independizarse, sostener vínculos o imaginar que dentro de cinco años la vida puede ser mejor que ahora. Cada vez más jóvenes se ven atravesados por angustia, ansiedad y una imposibilidad de construir proyectos de vida.
Eso no significa que exista una relación directa entre pobreza y suicidio. Pero tampoco tiene demasiado sentido buscar todas las respuestas dentro de la cabeza de quien sufre mientras afuera vemos como se deterioran las condiciones en las que intentamos vivir.
Futuro
Para una parte cada vez más grande de la juventud el futuro dejó de funcionar como una promesa. Conseguir un trabajo no garantiza ni siquiera poder pagar un alquiler. Trabajar más tampoco asegura que algún día se pueda vivir mejor. La idea de poder imaginar un futuro, tan importante para sostener cualquier proyecto personal, se ve más dificil.
En la provincia de Buenos Aires las consultas por salud mental crecieron mucho después de la pandemia. Las internaciones aumentaron un 98% entre adolescentes y la demanda ambulatoria se duplicó. Buena parte de esas consultas son por cuadros de angustia, ansiedad, ataques de pánico y depresión.
La Ley de Salud Mental establece que el área debería recibir al menos el 10% del presupuesto total de Salud. Nunca se llegó a esa meta, ni durante este gobierno ni durante los anteriores. El máximo histórico fue 2,66% y para 2026 la participación prevista cayó al 1,42%. Las partidas específicas para aplicar la ley sufrieron además una reducción superior al 90% respecto del año anterior.
Es lógico que poder frenar una crisis de esta magnitud requirere de psicólogos/as, psiquiatras y sistemas de atención capaces de intervenir. Pero si catorce personas se suicidan por día nada de esto es suficiente.
Hay que cuestionar también cuáles son las condiciones que estamos construyendo para vivir, qué pasa cuando el sufrimiento deja de ser excepcional y empieza a atravesar a toda una generación. Anunciar que el futuro está en peligro, que las generaciones futuras la tienen más difícil, debería acompañarse con un mensaje de optimismo sobre nuestras capacidades. Porque cuando nuestros problemas dejan de ser individuales y nuestra potencia se convierte en colectiva, somos capaces de cambiarlo todo.