“Cuando la patria está en peligro, todo está permitido, excepto no defenderla.” General José de San Martín.
Cuando el poder del Estado sale a “defender” la patria, cualquier cosa puede pasar. Aparecen la guerra, la militarización, el enemigo interno, el miedo, la obediencia, el sacrificio. En nombre de la patria, de la nación, de los valores con los que se identifica un conjunto de personas, dicen, todo está permitido. Entonces también la tortura, la persecución y la muerte. Cambian los discursos, cambia el nombre del enemigo, pero la lógica es la misma.
Cada quien tiene su propia noción de quien es el enemigo a combatir para poder “defender la patria”. Para algunos gobiernos, el otro es quien se ve diferente o profesa otra religión. Muchas veces, es quien piensa distinto. Quien cuestiona el orden que ese gobierno busca conservar.
El aparato militar existe para “proteger” la nación. Su herramienta es la guerra. Cumple con su función disparando contra los enemigos de la patria. A veces dispara con balas, otras con misiles. A veces destruye al objetivo que se propone, otras veces “lamenta” los daños colaterales. El daño colateral no es la excepción. Para cada conflicto existe un número de bajas aceptables sobre el que opera la ecuación bélica. Los muertos catalogados como “inocentes” estan ahi para justificar la matanza de los otros.
La guerra es también una forma de organizar la sociedad. Una forma de disciplinar. Los ejércitos solo existen para la guerra. Están hechos para destruir, ocupar, disciplinar y garantizar un orden por la fuerza. A veces el enemigo es otro pueblo, otras veces el propio. La función es la misma.
Pero las palabras pierden dimensión cuando intentan nombrar ciertas cosas. No deberíamos llamar guerra al ataque de una potencia militar sobre una población que no tiene una capacidad real para defenderse. No es una guerra entre dos bandos. Es el uso de las herramientas de la guerra sobre una población sometida. Se parece más a una masacre. Gaza es una prueba de eso. La guerra contra la subversión también.
Todo Estado nace de una ocupación militar o de la capacidad de sostenerla. Un ejército toma un territorio, somete o expulsa a quienes lo habitan, fija fronteras y garantiza el control por la fuerza. Después vienen las leyes, las instituciones, la administración. La política. La guerra contra otros pueblos y la represión contra el propio no son tan diferentes.
La guerra no pertenece a los pueblos. Pertenece a los Estados, a sus fronteras, al capital y a su sed de recursos. Petróleo, minerales, rutas comerciales, territorios estratégicos. Busca también la pacificación social necesaria para la llegada de capitales, para el saqueo y para el orden.
Las bombas en Plaza de Mayo. Los asesinatos de la Triple A. La última dictadura. Las patotas sindicales. La maldita policía. Los gendarmes en las calles. Las muertes en prisión. La cotidianidad de la represión estatal. La violencia cambia de uniformes, de discursos, de intensidad, pero no de naturaleza.
Los militares que tomaron el poder en 1976 dijeron que hubo excesos. Que en el afán de eliminar a los “terroristas” se cometieron equivocaciones. Como si las decenas de miles de secuestros, torturas y asesinatos hubieran sido un error de cálculo. Todo fue parte del plan.
Hubo generaciones que eligieron la lucha armada, la clandestinidad o la rebelión, con todos sus errores, sus límites y sus tragedias, pero lo hicieron porque tenían un horizonte. Había una idea de futuro. Una promesa. Algo que los empujaba a actuar. Hoy eso está mucho más difícil. Nos cuesta incluso mentirnos con un futuro mejor. Perdimos la capacidad de imaginar.
La democracia y la dictadura no son lo mismo. Pero en ambas, el Estado persigue, encierra, tortura y mata cuando el orden que defiende se siente amenazado. La respuesta del Estado es siempre la violencia. Habría que ponerse a pensar cuál va a ser la nuestra.