“La respuesta de los oprimidos puede ser más o menos fuerte, más o menos organizada, y es en estas diferentes maneras que se contrapone a las múltiples modificaciones que el poder crea, tanto en la opresión y el control, como en la libertad parcial que se siente obligado a conceder.” Alfredo Bonanno.
“No puedes separar la paz de la libertad, porque nadie puede estar en paz, a no ser que tenga su libertad.” Malcom X.
En nombre de la paz se exige obediencia. En nombre de la paz se crean los aparatos de seguridad que patrullan las calles, los instrumentos militares que masacran poblaciones enteras. Se crean las leyes que definen cómo y cuándo se puede protestar, dónde se puede vivir y qué se puede decir.
No puede existir paz en un mundo que se basa en la desigualdad. Lo que llaman paz dentro del capitalismo solo puede imponerse por medio de la amenaza de la violencia.
En boca del poder, la palabra “paz” significa únicamente la ausencia de resistencia. Los Estados la invocan mientras intensifican la violencia sobre los territorios ocupados. Todo Estado es territorio ocupado.
El derecho a exterminar
"[…] cuando Jehová tu Dios te dé descanso de todos tus enemigos alrededor, en la tierra que Jehová tu Dios te da por heredad para que la poseas, borrarás la memoria de Amalec de debajo del cielo; no lo olvides." Deuteronomio 25:17-19.
“No habrá electricidad, ni comida, ni combustible, todo está cerrado. Estamos luchando contra animales humanos y así procederemos.” Yoav Gallant (Ministro de Defensa de Israel)
Los últimos años han estado signados por aquella vieja, pero no obsoleta, herramienta de los Estados que es la guerra. La masacre. La imposición del terror como estrategia organizadora del presente. Es por este medio que Israel logró avanzar como nunca antes en su plan de aniquilar al pueblo palestino. Un plan tan viejo como la conformación de su Estado.
Amalec es, según la Biblia, el antepasado de los amalecitas, un pueblo nómade enemigo de Israel. En la tradición judía, Amalec representa la violencia injustificada, la agresión gratuita y, por sobre todas las cosas, un enemigo existencial. Es un símbolo, no un personaje histórico. Representa a todo aquel que busque destruir al pueblo de Israel.
En su discurso anunciando la campaña genocida que dio comienzo en 2023, el Primer Ministro Benjamin Netanyahu dijo: “Tienen que recordar lo que Amalec les hizo, dice nuestra Sagrada Biblia. Y nosotros lo recordamos”. Netanyahu no era un líder religioso, era un político nacionalista que se encontraba con varios problemas para continuar en el poder antes del ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023. Su discurso, como el de su gabinete, sus militares y parte de su pueblo, tomó tintes cada vez más religiosos. El nacionalismo siempre busca refugiarse en el discurso de Dios, Patria y Familia cuando se ve debilitado.
El relato de Amalec plantea que el fracaso del rey Saúl fue no matar a todos. Esa es la moraleja que se transmite, que el error estuvo en no destruir por completo a los amalecitas; que el pueblo de Israel tiene que llevar adelante una guerra por el exterminio absoluto de “todo hombre, mujer y niño” del pueblo enemigo.
Que el Estado de Israel haya podido llevar adelante una campaña genocida contra el pueblo palestino solo puede explicarse por un trabajo metódico de radicalización de una parte de su sociedad. Hasta aceptar la idea de que los palestinos son menos que humanos. Como hicieron los nazis con los judíos, los enemigos pasan a ser considerados como animales. Y, como tales, factibles de ser asesinados de las formas más cruentas. Ese es, literalmente, el mandato divino.
Los aparatos de propaganda junto al lobby político trabajan de forma incesante para esconder o minimizar algo que está a la vista. Los organismos internacionales denuncian, arman resoluciones y votan. Estados Unidos usa su poder y veta cualquier resolución que esté en contra de Israel. Nada cambia. El derecho internacional a través de estas organizaciones no protege a los pueblos. Protege a Estados. Los Estados actúan según sus intereses, no según principios morales.
Cuando un pueblo es atacado, su respuesta armada siempre va a ser legítima. No porque sea noble, sino porque es inevitable. Todo pueblo sometido vive en un estado de legítima defensa de forma permanente. La causa palestina no se reduce a Hamás; la resistencia sigue estando en la base social.
Lo demostró en las protestas masivas de 2018-2019 en Gaza, conocidas como la Gran Marcha del Retorno. Cada viernes, miles de palestinos se concentraban a lo largo de la valla que encierra la franja de Gaza para reclamar el fin del bloqueo, el derecho al retorno de los refugiados y el cese de los ataques militares contra la población civil. Familias enteras, trabajadores, estudiantes, médicos, periodistas. Israel respondió como suele hacerlo.
Entre marzo de 2018 y finales de 2019, el ejército israelí mató a más de 210 manifestantes y dejó más de 36.000 heridos, muchos con amputaciones y lesiones permanentes provocadas por francotiradores. Entre los muertos hubo paramédicos, periodistas identificados con chalecos de prensa, niños y adolescentes.
Incluso en una protesta civil, la respuesta israelí no fue otra que matar, mutilar y ejercer un castigo colectivo sobre la población. La resistencia palestina es una reacción social inevitable frente a un Estado que convierte cada espacio posible en una nueva forma de control y violencia. La forma que toma esa resistencia está determinada por la capacidad de acción y por el nivel de violencia al que tiene que resistir.
Durante muchos años, las expresiones de esta resistencia estuvieron en manos de organizaciones laicas y socialistas cuyos militantes fueron asesinados, encarcelados o expulsados. Israel persiguió a la izquierda palestina con una intensidad que no aplicó sobre los grupos islámicos, que crecieron ocupando ese vacío. La resistencia islamista era más fácil de aislar, demonizar y encerrar en el marco del “extremismo”. Si del otro lado el discurso deja de ser por la autodeterminación y se vuelve un discurso religioso, es más fácil para Israel lograr apoyos para desterrarla.
El orden colonial
“Segregación hoy, segregación mañana, segregación por siempre.” George Wallace, Gobernador de Alabama (1963).
“Israel hoy, Israel mañana, Israel por siempre.” Hakeem Jeffries. Diputado demócrata de EE. UU.
La inequidad propia de un territorio colonizado produce una distorsión donde la paz de algunos es solo conseguida por medio de la violencia sobre otros. Para los judíos, el año 1948 significa el comienzo de un Estado luego de siglos deambulando como una nación sin un territorio propio. Fue la consolidación en un territorio de una nación que había sido diezmada por el genocidio llevado adelante por el nazismo. Para los palestinos, fue una catástrofe. El comienzo de una pesadilla que no tiene fin, donde se los expulsó de sus tierras para ser reemplazados por extranjeros que demolieron sus casas y construyeron las suyas en su lugar. Donde comenzó a instaurarse un sistema de apartheid, donde la dependencia, la muerte, la mutilación comenzaron a ser moneda corriente.
En Cisjordania, donde Israel no puede usar la excusa de erradicar a Hamás, más de mil palestinos fueron asesinados en los últimos dos años por los colonos israelíes. Esto es la misma cantidad de palestinos que Israel asesinó en Gaza y Cisjordania durante la Primera Intifada, que duró un total de cinco años.
El aparato militar reclutó a miles de colonos para formar batallones de defensa territorial en los territorios ocupados. Colonos armados atacan a palestinos de forma constante, incendian sus casas, sus plantaciones, saquean y asesinan. Todo bajo la protección de las fuerzas de defensa israelíes. De esta forma, el Estado de Israel se expande y gana nuevos territorios.
Imponer la paz
“Para que dos vivan en paz, es necesario que los dos quieran la paz; si uno de los dos se obstina en querer obligar por la fuerza a que el otro trabaje para él y le sirva… el otro, si quiere conservar su dignidad como persona y no ser reducido a la más abyecta esclavitud, pese a todo su amor por la paz y la armonía, se sentirá obligado a resistir mediante la fuerza con los medios adecuados.” Errico Malatesta.
El “acuerdo de paz” promovido por Estados Unidos plantea que “Gaza va a ser una zona desradicalizada libre de terror”. Dice que Gaza sería reconstruida porque los palestinos “han sufrido más que suficiente”; esta reconstrucción estaría a cargo, igual que el gobierno de la Franja de Gaza, de un comité supervisado por Donald Trump, Tony Blair y otros actores internacionales. Busca que haya un proceso de desmilitarización que incluye la decomisación de armas para que la Nueva Gaza esté “totalmente comprometida a construir una economía próspera y una coexistencia pacífica con sus vecinos”. Y que si se portan bien, quizás existan condiciones para empezar a hablar de autodeterminación. Algo que reconocen es una “aspiración del pueblo palestino”.
Esta retórica de la pacificación se usó siempre como arma ideológica para delegitimar la lucha de los oprimidos. Se acusa a los pueblos en resistencia de “violentos” o de “terroristas” por no quedarse de brazos cruzados, mientras se normaliza la violencia estructural del Estado. Siempre que los palestinos se levantaron contra los desalojos, masacres o humillaciones, se les exigió calma y moderación. Mientras el Estado israelí continuó ocupando sus territorios y asesinando con total impunidad en nombre de su “derecho a defenderse”.
Desde la firma del acuerdo de paz, cientos de palestinos fueron asesinados por las fuerzas armadas israelíes. La “paz” que ofrece Israel a los palestinos no pasa de ser la paz del gran cementerio en el que convirtieron a Gaza.
No hay futuro
“Hablar de paz con un ocupante es aceptar su derecho a ocupar.” Ghassan Kanafani.
Apenas se decretó el alto al fuego, muchas personas comenzaron el regreso al norte de la franja de Gaza, donde solo quedan escombros. Las condiciones de vida son más que precarias, pero la gente entiende que no volver a ese territorio es perderlo a manos de Israel.
Un pueblo no puede soportar tanto sufrimiento sin reaccionar; el trauma que generó Israel en estos años es combustible suficiente para una reacción violenta de mayor radicalidad, incluso que la que existió antes. Los israelíes lo saben, por eso sus altos mandos hablan de que los niños son terroristas, que habría que matarlos a todos; por eso hablan de Amalec.
La paz es solo una estrategia, una herramienta más en el arsenal político. El gobierno sionista que encarna el poder del Estado de Israel no quiere la paz. Necesita mantener acuerdos políticos que le permitan seguir recibiendo armamento y sostener el libre flujo del capital. Pero lo que realmente busca es la solución final.