La tierra no debería ser sinónimo de propiedad.
La propiedad privada sobre la tierra no apareció sola. Se construyó expulsando a quienes vivían en esos territorios, repartiéndolos y convirtiendo esa ocupación en títulos y leyes. Hoy no existe ninguna parte de este territorio que no tenga dueño.
En Argentina esa distribución de la tierra tiene una historia bastante concreta. Grandes extensiones fueron ocupadas por el Estado, repartidas y convertidas en propiedad privada. Parte de esas tierras terminaron en manos de militares, empresarios y familias que pudieron conservarlas durante generaciones. Familias que hoy son quienes influyen en la política del país.
La discusión sobre la propiedad siempre gira en torno a cómo endurecer las leyes que la sostienen. En cómo evitar que los espacios de los propietarios sean ocupados. De vez en cuando cambian los nombres de las leyes, los funcionarios que las defienden y las palabras con las que nos intentan venderlas.
Propiedad
La llamada Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada es otra parte de todo este proceso. El nombre es bastante claro. El proyecto viene dando vueltas hace rato, fue enviado por el Poder Ejecutivo al Senado en marzo de este año. El oficialismo intentó llevarlo al recinto varias veces sin conseguir los votos necesarios. Uno de esos intentos quedó atravesado por la crisis alrededor del entonces jefe de Gabinete, Manuel Adorni, investigado por su incremento patrimonial.
En su versión original, el proyecto tocaba varios temas: expropiaciones, desalojos, tierras rurales, registros de la propiedad y Ley de Manejo del Fuego. Todo en un mismo proyecto.
Luego de casi doce horas de sesión, represión mediante, el Senado terminó dando media sanción al proyecto. No lograron las negociaciones necesarias para incluir el artículo vinculado a la Ley de Manejo del Fuego ni el que incrementaba el límite a la cantidad de tierras rurales que podrían comprar los extranjeros.
La parte sobre tierras rurales apuntaba contra la Ley 26.737, que limita la propiedad extranjera sobre estas. Esa norma fija un tope del 15% a nivel nacional, provincial y municipal. Establece que ninguna nacionalidad puede superar el 30% de ese porcentaje y limita a 1.000 hectáreas en zona núcleo la posesión de un mismo titular extranjero, o su equivalente según la región.
El proyecto oficial buscaba correr esos límites. Primero de una manera más abierta. Después, con negociaciones y redacciones más moderadas cuando vieron que no lograban conseguir los votos. La idea de fondo era facilitar la compra de tierra por parte de capitales extranjeros.
La parte sobre el Manejo del Fuego buscaba aflojar las restricciones para las tierras incendiadas. Con la ley vigente se impide durante décadas el cambio de uso, el loteo o la venta en determinados casos. La restricción busca ser un freno para la especulación inmobiliaria sobre el territorio quemado.
Estas dos secciones se retiraron por no contar con los votos necesarios. En parte, esto se debe a que se logró instalar en la discusión pública lo problemático de estas reformas. Gran parte de ese rechazo se concentró en la extranjerización de la tierra. No es un tema menor que capitales extranjeros puedan quedarse con montes, lagos, zonas de frontera, nacientes de agua o grandes superficies productivas. Vender esas tierras implicaría que alguien pueda tener control sobre el agua, los caminos, el paisaje, la producción y las posibilidades de vida de las comunidades cercanas.
Todas cosas que pasan ahora. Un terrateniente argentino no deja de ser terrateniente por haber nacido en Argentina. Los dueños de la tierra, sean privados o sea el Estado argentino, son igual de responsables de la miseria cotidiana. La concentración de la tierra es una de las formas más básicas de desigualdad a las que se nos somete.
Lo que se aprobó sostiene esta desigualdad. El proyecto lleva los procesos de desalojo al trámite sumarísimo, acortando los tiempos judiciales, y permite avanzar con la restitución del inmueble antes de que exista una sentencia definitiva. Además, elimina la garantía económica que hoy puede exigirse al propietario para conseguir una desocupación anticipada y la reemplaza por una declaración jurada.
El lenguaje utilizado para justificar estas reformas es siempre el de la seguridad jurídica. Seguridad jurídica para alguien significa, necesariamente, capacidad para actuar sobre otro. Para que el propietario pueda recuperar más rápido una casa tiene que haber alguien que pueda ser expulsado más rápido de ella. La propiedad existe en la medida en que su uso pueda ser regulado por medio de la violencia.
Tierra
Se cuestiona que un extranjero pueda comprar grandes extensiones de tierra, pero no el hecho de que alguien pueda comprarlas. La Ley de Tierras Rurales no contempla ningún límite si el comprador nació en Argentina. Un argentino puede acumular miles de hectáreas, heredarlas, venderlas y mantenerlas improductivas sin que la nacionalidad de su documento moleste a nadie.
Denunciar la extranjerización de la tierra le sirve a la oposición para ampararse en el sentimiento nacionalista al confrontar con Milei. Así pueden coincidir bajo la misma bandera izquierdistas, peronistas, progresistas, nacionalistas y literalmente nazis. Del otro lado usan el mismo nacionalismo para atacar a migrantes o buscar popularidad con causas como la de Malvinas.
La propiedad privada para alguien que alquila un hogar puede ser una heladera, una cama o alguna herramienta de trabajo. Para los grandes propietarios, propiedad significa un lago, un bosque, veinte mil hectáreas. La misma palabra parece cubrir situaciones que no existen en la misma escala, que no tienen el mismo peso social ni producen las mismas consecuencias.
Así se empuja al pequeño propietario, ese cuyas posesiones no son siquiera una fracción de lo que posee un rico, a defender la riqueza de los millonarios. Se usa como ejemplo al “ciudadano común” para defender al gran propietario, al especulador inmobiliario, al emprendimiento turístico o al agronegocio. De esa forma, tenemos personas que no llegan a fin de mes defendiendo a empresarios y políticos cuyos patrimonios son tan grandes que es imposible siquiera pensarlos.
No hace falta ser propietario para habitar la tierra. La propiedad aparece cuando alguien puede reclamar un territorio como suyo aunque no lo use. Ahí deja de importar la relación real con ese lugar y pasa a importar el título de propiedad. Quien vive, trabaja o depende de esa tierra puede tener menos posibilidades de usarla que alguien que jamás puso un pie ahí. Esa separación entre uso y propiedad es la que permite que la tierra funcione como mercancia y no como un espacio donde vivir.
Posesión
La libertad que propone este modelo está atada a la propiedad. Ser libre significa poder comprar, vender y disponer de algo. Y si ese algo es la tierra, esa libertad implica necesariamente limitar la de los demás. La libertad de adueñarse de un bosque incluye la posibilidad de talarlo. La de comprar miles de hectáreas incluye decidir quién puede pasar o no por ese lugar. Es una idea de libertad donde solo se puede ser libre al excluir al resto.
El problema de fondo es la aceptación de la idea de que un pedazo de territorio puede comprarse y que cada rincón del planeta pueda tener dueño.
Hablamos de la tierra como si tierra y propiedad fueran la misma cosa. Incluso cuando imaginamos algo bastante diferente que es tener un lugar donde vivir. Pero nuestra relación con ese lugar es necesariamente temporal. Lo ocupamos durante una parte insignificante de su existencia y después nos vamos. La tierra estaba antes que nosotros y va a seguir cuando nosotros ya no estemos.
Hay algo absurdo en pretender que durante ese breve paso podemos declararla nuestra para siempre, cercarla, explotarla y dejársela a alguien para que haga lo mismo en el futuro. Mucho más cuando esa apropiación forma parte de un sistema que necesita producir, extraer y acumular cada vez más sobre un planeta que tiene una cantidad limitada de tierra, agua, bosques y minerales.
En algún momento vamos a volver a formar parte de la tierra, no como dueños sino como la materia orgánica que hace posible la vida. Ojalá no sea demasiado tarde para entender cuánta violencia hubo en nuestra relación con este planeta y con quienes lo habitan.