Una década distinta, los mismos muertos
Diez años nada más. Un suspiro en el tiempo. Hace una década, la historia vació por un instante. Dio la impresión de que todo era posible. Fue una falsa percepción que hizo que algunos imaginaran la súbita realización de todas sus ilusiones políticas acumuladas. Un carnaval de subjetividades cuestionando al capital, cortando la calle, tomando la palabra, revirtiendo el valor de cambio en valor de uso por medio del trueque. Sabemos a dónde condujo todo eso. Los límites de las consignas que algunos no alcanzaron a percibir en aquel momento se muestran hoy diáfanos. Una grandilocuencia retórica que no se pudo sostener en el tiempo porque, en el fondo, tras la fachada de las carnavelescas subjetividades antagónicas a lo instituido, bullía el secreto deseo de volver al cobijo del capital. Los hombres retornaron a la fábrica, el dinero a los bancos, las mercancías a los supermercados y todos felices, como ahora.
Este presente de orden restaurado mira a aquellos años con el desdén que el pariente rico tiende hacia aquel que ha permanecido en la miseria. El kirchnerismo ha postulado que el 2001 es un horizonte indeseable. Se ha montado sobre el deseo secreto de vuelta al redil para defenestrar a toda una época. De acuerdo a su versión de los hechos, la verdad de las cosas no estaba en un retorno a las formas de intercambio precapitalistas, sino en el desarrollo capitalista que potencia el consumo. “Así se sale de la crisis”, dice el kirchnerismo: con inversión del capital que genera trabajo y administración de la cosa pública por parte de la clase política.
El discurso oficial celebra el fracaso del movimiento social del 2001. Acusa a las asambleas barriales de ser un parlamentarismo bobo, a la desconfianza en los partidos de ser una antipolítica derechista, y a los tímidos intentos autogestivos de ser un utopismo irrelevante. “Confíe en las instituciones, contribuya a su mejoramiento y no intente nada por fuera del sistema”: esa es la moraleja que el kirchnerismo —y buena parte de la sociedad con él— han sacado del 2001. Lo demás es un delirio, una pavada de soñadores que dilapidan su esfuerzo en proyectos estériles.
Están los muertos. Esas decenas de hombres y mujeres que le pusieron el cuerpo a la lucha. Sus muertes son agitadas hoy como el fantasma del horror, como el resultado de sacar los pies del plato. “Los mató la crisis”, tituló algún diario. Habrán sido las víctimas de una política errada que ha sido subsanada por la buena gestión del Estado. Resulta curiosa la extensión de la creencia en la inexistencia de la represión sobre la protesta social. Tanto la oposición, que acusa al gobierno de tener la mano blanda con quienes reclaman por sus derechos, como el oficialismo, coinciden en esta idea.
Sin embargo, los muertos hoy también se multiplican. Parque Indoamericano, Jujuy, Formosa y, recientemente, Santiago del Estero son los jalones de un crimen que se libra en dosis homeopáticas. Dos muertos acá, uno por allá y algún otro por ahí. Si las vidas segadas por la represión del 2001 aparecían inmediatamente como parte de una misma serie, estas aparentan no tener ninguna conexión. Parecen ser parte de conflictos aislados, y su muerte es producto del accionar de distintas instituciones: policías provinciales, organismos de seguridad nacionales, fuerzas parapoliciales, etc.
Allí está el verdadero triunfo del orden: la minimización de estos acontecimientos como detritos de la historia. Accidentes en un “presente promisorio”, como lo definieron los intelectuales de Carta Abierta. ¿Qué es un qom comparado con el aumento del PBI? ¿Qué importancia tiene un campesino santiagueño frente al récord de venta de autos?
Es tanta la miseria que cuesta encubrirla, y allí donde uno observa surge el conflicto, desmintiendo la conformidad reinante y la convicción de que estamos en un país completamente distinto del de hace diez años.
La Protesta, diciembre 2011
2001
Para los que nada tienen, la economía siempre es igual: tirar de un carro cargado de piedras. La economía de mercado está organizada para que siempre exista una meta inalcanzable y una parte de la sociedad que corra tras ella: el consumo, el movimiento de dinero, el trabajo. En el 2001, estos manejos desembocaron en una inflación provocada y en una miseria creciente que amenazaba con ascender de clase social. Las luchas por el poder político, que suelen dirimirse puertas adentro de los palacios, pasaron a resolverse “en el llano”, con los aparatos políticos del PJ creando un clima que llevó a la gente común a una incertidumbre respecto de su futuro. Saqueos en todo el país. Esa chispa provocada prendió un fuego inesperado que parecía avanzar hasta quemar al propio Sistema. El tiro por la culata.
“¡Que se vayan todos!” fue la consigna política. Y algunos marchan hacia Plaza de Mayo para echarlos, mezclándose con quienes pedían la salida institucional y con quienes reclamaban por su dinero. En el microcentro, el miedo bajaba las persianas para ocultarse de las “hordas” que se avecinaban: personas enojadas por su situación que iban a protestar. Las calles se inundan de gente, y también de servicios de inteligencia. La muerte revolotea marcando su presa. Hay varios fusilados a modo de advertencia: quienes se acercaron a levantar la voz y poner el cuerpo fueron asesinados desde la oscuridad del francotirador.
Algunos vecinos acercaban baldes con agua, limones para los gases, una mano y algún cobijo solidarios para quienes eran perseguidos. Algo que el Poder quizás creyó haber erradicado reapareció en esta situación.
Lo que siguió después es historia conocida y repetida: partidos y militantes de “todas las izquierdas” haciendo el papel de oposición, neutralizando los “desbordes”, encauzándolos hacia dentro del Sistema, hacia la dependencia y el consiguiente sostén del Estado.
Como mención de los hechos, queda el recuerdo de la actitud rebelde, de la solidaridad y la experiencia adquirida, una vez más, de cómo actúan y quiénes son los “bomberos” que aportan para que todo siga igual.
La Protesta, diciembre 2012