“En el fondo, la conquista no sólo es el origen, es también el fin supremo de todos los Estados grandes o pequeños, poderosos o débiles, despóticos o liberales, monárquicos o aristocráticos, democráticos y socialistas también”. Mijail Bakunin.
Como parte de la disputa por el nuevo orden mundial, el gobierno estadounidense en manos de Trump, secuestra (extrae, derroca, da lo mismo) al presidente venezolano, Maduro.
Por el petróleo, por el control del continente, pero sobre todo por que puede. Todo indica que el mundo está cambiando y dentro de los cambios ya no hace falta dar demasiados pretextos como en décadas pasadas. Incluso la cuestión del “narco terrorismo” fue solo para la política interna yankee.
Ese mismo relato que se usa puertas adentro busca justificar la campaña antimigrante. La droga “que entra”, el caos “que cruza la frontera”, las personas que llegan desde el sur. La forma doméstica de la política exterior estadounidense es el ICE. Secuestros, encierros, deportaciones y asesinatos sin necesidad de justificarse demasiado o inventar una realidad paralela para explicar sus acciones. La guerra que se enuncia contra Estados se ejerce también sobre personas.
La democracia liberal, junto a organizaciones como la ONU, sigue cayendo en la valoración de gobernantes y gobernados. No menos importante es que el Estado venezolano no tiene armas nucleares. Estaba preparado para mantener el control sobre sus explotados (ciudadanos, compatriotas, da lo mismo) y algún conflicto con países limítrofes, no para una operación como la que le tocó. Seguramente otros escribirán sobre lo que pasó con sus aliados que le brindaban o vendían protección.
Los gobiernos de Groenlandia y Dinamarca miran con preocupación mientras intentan negociar. Lo que podría ser una ventaja por su lugar geográfico o los llamados recursos naturales se convierte en una tragedia. Canadá escucha que la nombran como estado 51… y en la lista sigue el Estado cubano, Colombia, México… en definitiva, todo el continente americano.
Tres o cuatro actores se están disputando el control de territorios y comercio a nivel global. Intentan definir un nuevo orden mundial con nosotros adentro. Del otro lado del océano nada parece ir mejor, sino todo lo contrario y los discursos nacionalistas o patrióticos vuelven a escucharse fuerte.
Por estos lares, nos toca ser parte del hemisferio que reclama Trump como suyo. No es la primera vez (puede ser la primera en estos términos tan explícitos); solo con recordar el papel que jugó Estados Unidos con su “doctrina de seguridad nacional” y el llamado plan Cóndor en América del Sur, promoviendo y financiando dictaduras, debería alcanzar para tomar dimensión de lo peligroso del asunto.
Nosotros no tenemos “Patria” para el cantito contra la “colonia”. La “soberanía” tampoco es nuestra, no importa cómo lo escriban, es del Estado. Pero no por eso somos ajenos. Lo que nos separa, en este caso con los explotados en Venezuela, es solo la geografía y los gendarmes.
Creemos que tenemos por delante, entre otras cosas, volver a pensar el internacionalismo en las luchas. Siempre se dijo y se practica en la medida de las posibilidades, pero estos tiempos sirven para recordarlo. Para actualizar ideas partiendo de los mismos principios. La rapidez y brutalidad del gobierno que nos toque es solo una parte. Atrás seguramente haya un enemigo más grande, que incluso actúe sin que nosotros lo esperemos y sin tener que guardar las formas o inventar pretextos.
Como siempre, no tenemos recetas. Solo inquietudes y algunas preguntas que necesariamente tendremos que zanjar de manera colectiva. Hoy vuelve a estar a la vista que tenemos un enemigo en común y que la lucha la tenemos que dar de esa forma.
En eso estamos.