Entre abril y mayo, dos escritos plantearon un debate que, aun con mucho humo, mentiras e hipocresía, puede darnos algunas pistas de lo que está pasando o lo que se puede venir.

Primero, el escrito “La República Tecnológica en resumen”, o “el manifiesto” publicado en redes hace unos meses, es una especie de resumen del libro con el mismo título escrito por Alex Karp, uno de los fundadores de Palantir Technologies junto a Peter Thiel (con apoyo de la CIA). Palantir es una empresa de software para análisis de datos que mayormente vende a agencias gubernamentales en Estados Unidos y otros países para reconocimiento facial, vigilancia predictiva y selección de objetivos militares. El ejército israelí utiliza los sistemas de Palantir para analizar y generar objetivos de bombardeo aéreo. La ya famosa agencia de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) usa la plataforma de datos llamada ImmigrationOS para identificar a supuestos inmigrantes ilegales para su arresto y deportación.

El escrito o manifiesto de Palantir está planteado en 22 puntos donde plantea una visión del mundo, básicamente desde los Estados Unidos para el mundo. A pesar de ser moderno, no deja de ser un manifiesto que propone algo similar a los viejos argumentos nazi fascistas.

La defensa nacional a toda costa, la deuda moral de las empresas de Silicon Valley con el Estado norteamericano, pasando por el servicio militar obligatorio y la idea de que el nuevo “hard power” es el software. El texto puede dar para análisis complejos, pero también es fácil de entender en sus pocas líneas. “La era atómica llega a su fin. Una era de disuasión, la era atómica, llega a su fin, y una nueva era de disuasión, basada en la IA, está a punto de comenzar.” 

Reivindica el papel de los multimillonarios (del mundo tecnológico) en cuanto al diseño del nuevo mundo, dice entre líneas que ellos deberían hacerse cargo del Estado, y de manera explicita aclara “La cuestión no es si se fabricarán armas basadas en la IA, sino quién las fabricará y con qué fin. Nuestros adversarios no se detendrán a enzarzarse en debates teatrales sobre las ventajas del desarrollo de tecnologías con aplicaciones críticas para la seguridad nacional y militar. Seguirán adelante.” 

Como no podía ser de otra manera, plantea “combatir” la “intolerancia hacia las creencias religiosas” para, en el siguiente punto, hacer un llamado a todo fascista blanco al decir: “Algunas culturas han producido avances vitales; otras siguen siendo disfuncionales y regresivas. Todas las culturas serían ahora iguales. La crítica y los juicios de valor estarían prohibidos. Sin embargo, este nuevo dogma pasa por alto el hecho de que ciertas culturas, y, de hecho, ciertas subculturas […] han producido maravillas. Otras han resultado mediocres y, lo que es peor, regresivas y nocivas”, para finalizar en una crítica al multiculturalismo y proponer una vuelta a la unidad cultural (la suya, que esperan sea vencedora).

Tecnocracia y transhumanismo flotan en el aire al leer el texto y dan una idea del concepto de “anticristo” que tiene Peter Thiel, el nuevo vecino de CABA. Su “temor” es que la propuesta de controles sobre el mundo tecnológico (y el cambio climático, entre otros) termine en un gobierno mundial (del que no serían parte).

“El sacerdote que brindo la misa para la moral, no se dio cuenta que tenía grasa en el delantal.” Pappo Blues.

Un mes después, el Vaticano aprovecha los 135 años del “Rerum Novarum”, para publicar el “magnífica Humanitas” (no es el primer escrito del Vaticano sobre el tema), diciendo de esta forma que la “revolución de la IA” se analiza con el legado de la “doctrina social de la Iglesia” escrita en 1891 y abarcaba parte de los cambios producidos por la revolución industrial. Cabe recordar que ese escrito que tanto dicen usar de guía varios sectores políticos (una ideología en sí misma), era un llamado a apaciguar la lucha que se estaba dando y una llamado a la unión entre explotados y explotadores bajo la religión.

El texto fue esperado y publicitado desde un tiempo antes, a raíz del escrito de Palantir y por ciertos “ataques” de Trump al Papa.

Para sorpresa de nadie, la introducción del documento, haciendo un repaso de otras encíclicas, reafirma la negación de la lucha de clases, habla del aborto o la eutanasia como algo “que la Iglesia juzga gravemente ilícitas”, invitándonos “como pastor y como padre” a ser siervos del “Reino que viene” y no negar la humanidad al excluir a Dios. Insiste, como hace 135 años, en hablar de “dignidad humana” basada en las condiciones a las que es sometido el trabajador o proponiendo restricciones éticas al uso de la IA en el desarrollo bélico. La explotación y la guerra parecen ser cuestiones naturales de la humanidad a moderar por la religión.

Claramente, quienes escribimos en este periódico no somos teólogos, y varios análisis se nos escapan. Podemos ver la hipocresía al mencionar la pintura Guernica “como denuncia de la deshumanización”, sabiendo la historia de la revolución española y el papel que jugó la Iglesia antes, durante y después de la gesta. Pero, recurriendo a quienes comprenden con mayor profundidad el mundo católico, se pueden encontrar algunos análisis. El Papa utiliza la metáfora de la torre de Babel (la nombra más de 10 veces) como metáfora de la IA y la tecnocracia: “tentación de construir la torre de Babel, confiando en el poder y en el orgullo; por otro, la paciencia de reconstruir Jerusalén, como en tiempos de Nehemías, pieza por pieza, cuidando lo humano y el bien común.” Alberto Melloni (www.legrandcontinent.eu) analiza:

Es cierto que el texto bíblico describe a Nehemías como el reconstructor de Jerusalén tras una catástrofe. Pero el libro de Nehemías también presenta una visión de la restauración inseparable de las preocupaciones por las fronteras, la pureza y el control social. En Nehemías 13, Nehemías se jacta de haber enfrentado violentamente a los judíos que se habían casado con mujeres no judías: «A varios de ellos los golpeé y les arranqué el pelo». Sus reformas son inseparables de proyectos de exclusión y de políticas de pureza. A pesar de la caracterización que la encíclica hace de Nehemías como profeta de la solidaridad, el texto bíblico lo presenta como un administrador que gestiona recursos imperiales, organiza el trabajo, impone la obediencia y consolida la autoridad. Seguimos sin sorpresas.

Con un tono más conciliador que el de Palantir, el Vaticano parece ofrecerse como abierto a la discusión, pero dejando en claro que quiere su lugar en la mesa proponiendo medidas para controlar el asunto. Lugar que indudablemente merece cuando se tiene en cuenta que los que están discutiendo el tema son capitalistas místicos y Estados con líderes mesiánicos. No hay Capital y Estado sin un Dios a la medida.

En esto último está el problema. Puede parecer una discusión novedosa, accesible gracias a la tecnología, pero de “Novarum” no tiene nada. Es la vieja mesa de tres sillas decidiendo el futuro de la humanidad. No hay nada bueno que esperar de esa disputa, más que alguna regulación para lavar la cara y construir relatos. Pretenden seguir determinando qué se entiende por dignidad humana, o hasta dónde puede llegar la especie y, junto con ella, el resto del planeta. Hasta lo hacen de manera pública (al menos una parte) porque parecen estar tranquilos con la reputación ganada a sangre y fuego. Hasta cuesta detenerse a pensar que ninguno de los tres está unido de forma inseparable a la esencia humana. Son el resultado de relaciones sociales que podríamos cambiar. Que necesitamos cambiar. No caer en la trampa de ocupar una silla, sino más bien romper la mesa, recordando que la dignidad va necesariamente de la mano de la libertad. Que no queremos seguir siendo medios o recursos.